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domingo, 8 de diciembre de 2013

La Torre Ader

Y mi tatarabuelo construyó una torre.

Lo hizo en Villa Ballester (1), en una propiedad de trescientas hectáreas, regalo de su cuñado el barón Emile Bieckert a su hija Anita con motivo de su casamiento en 1905.

En el año 1907 Bernardo Ader presentó ante la Municipalidad del Partido de Vicente López el expediente número 163, solicitando autorización para construir una torre. Esta formaría parte de un proyecto más ambicioso: un cháteau de estilo florentino siglo XVIII, grandilocuente, como era su creador, y quizás por sugerencia de su hijo Enrique, que estudiaba ingeniería.

Pero en 1908, Bernardo sufrió dos desgracias seguidas y dolorosas: sus dos hijos Eduardo y Enrique murieron de tuberculosis, lo que hizo que el gran emprendimiento perdiera su ímpetu original. 

Los años pasaron y en 1914, Bernardo decidió que la torre no debería ser un monumento a su tierra natal o a sus logros personales, sino un regalo al país que lo había adoptado. Suspendió entonces y de manera definitiva la construcción del cháteau e inició el expediente número 23, para lograr la aprobación de la tarea de completar la torre y obsequiársela a las autoridades. De esta manera la torre fue resignificada como gesto para el Centenario de 1916, en agradecimiento a la Argentina y en honor a sus hijos varones fallecidos. Fue bautizada "Torre de la Independencia", pero luego con los años pasó a ser simplemente la “Torre Ader".

Los ingenieros Artaza y Marino y la empresa constructora Stefanetti e hijos se encargaron del proyecto y construcción.

Muchas veces fui a visitar la torre de mi tatarabuelo.

La primera fue al cumplir siete años. Me llevó mamá. Desde bien lejos se la veía, alzándose en el horizonte. Pasamos por calles de casas bajas, un barrio de fábricas, y finalmente apareció, alta, magnífica y majestuosa con sus cuarenta y dos metros y treinta centímetros de altura y el lema: MON DROIT ET DIEU. (Mi derecho y Dios)

Dos escaleras señoriales de mármol conducían a la puerta de entrada. Adentro se dejaban ver, en un recinto cuadrado, las paredes blancas forradas con estanterías repletas de libros y un retrato importante de Bernardo Ader.

Apoyados en las repisas bajo las ventanas se enfrentaban dos bustos de bronce: Eduardo Ader y Enrique Ader.

Me acuerdo que mamá dijo: "Qué machista el viejo. Nada sobre Anita!"

Contra la pared blanca colgaban enmarcados algunos recortes de diario con fotos en blanco y negro de la torre evocando el día de su inauguración, el 9 de Julio de 1917, y una reseña de la vida de Bernardo Ader.

De una sala adyacente partía una escalera de doscientos treinta escalones de tramos rectos adheridos a la pared interna, en forma de caracol y barandas de hierro cuadrados que nos llevó hasta lo alto; salimos al exterior por una puertita y recorrimos todo el perímetro caminando por un balcón-mirador.

Alzando mi cabeza, le pregunté a mamá por qué su bisabuelo había hecho la torre. “Me parece que se había vuelto un poco loco”, me dijo mirando la vista imponente.

Hace dos años volví a la torre con mi hija Paz.

Seguía siendo la misma pero los años la habían adornado con otras etiquetas, y tal vez mi mirada adulta captó nuevas cosas Una placa rezaba:

“DONADA POR ELISA Y BERNARDINA GRUNBAUM ADER A LA MUNICIPALIDAD DE VILLA BALLESTER (2), el 16 de Octubre de 1967.”

N. de la R.
(1) La señora Magdalena recordaba en nuestra entrevista que en su niñez siempre escuchaba decir “vamos a Villa Ballester...”. Es evidente el malentendido dado que la “Chacra de Bieckert” siempre estuvo en Villa Adelina. Por su relato también supimos que viajaban hasta la estación Carapachay procedentes de Retiro. Es decir que arribaban al Partido de Vicente López, al cual correspondía Villa Adelina y no a San Martín, Partido al que pertenecía Villa Ballester.
Otro dato que corrobora nuestra certeza es el pedido de autorización para construir la Torre a la Intendencia Municipal de Vicente López y la placa (2) que dice: "Donada por Elisa y Bernardina Grunbaum Ader a la Municipalidad de Vicente López, el 16 de Octubre de 1967.”

Hasta aquí el relato de otro capítulo del libro "Río Abajo" de Magdalena Vila Torralva, que continuaremos transcribiendo en sus partes esenciales.

Miguel A. Moschiar (migmoschiar@gmail.com)

jueves, 5 de diciembre de 2013

"Río Abajo", de Magdalena Vila Torralva

"a mamá y al Mono" dice la dedicatoria y Magdalena nos aclara que el seudónimo corresponde a su abuelo Luis Torralva. 
 
El prólogo encabeza con la frase "para que el eco no se apague"  y sigue:
Santa Ana, Córdoba, febrero de 2010
      Supongo que los pedidos de una madre quedan por ahí en suspenso hasta que llega el momento de cumplirlos.
     Una mañana, bordeando el río, me dijiste: "las vidas de los antepasados son como la corriente, si no se guardan en un relato, en una foto, se van y ya nadie las recuerda. A vos te gusta contar cuentos, escribí uno".
     Años más tarde, sentada bajo el parral junto a tu piedra, entre emerocallis amarillos y la Virgen del Buen Camino que te cuida, me embarco a escribir esta historia; tan sólo un hilo conductor que hilvane relatos, experiencias y anécdotas de las distintas personas que te precedieron  y que me fuiste revelando a lo largo de los años con tu estilo directo y divertido.
     Vamos a ver cómo sale.

Bernardo Ader
Paris, 1845 - Buenos Aires, 1918

Todo comienza en la ciudad de Pau, en el Sur de Francia.
Corría 1860. Bernard Ader y Jeanne Michoud embarcaron a su hijo Bernardo, de quince años, rumbo a la Argentina. No se sabe muy bien cuál fue el motivo. Pudo haber sido la falta de posibilidades de crecimiento en Francia, o los impulsó el hambre en la región, o tal vez los rumores de que una cuota de esfuerzo sumado a un espíritu emprendedor bastaban para enriquecerse en América. Su otra hija y su yerno, el barón Emile Bieckert, alsaciano, se habían instalado en las nuevas tierras hacía ya un tiempo, aprovechando las ocasiones para hacer fortuna.

En 1859, Bieckert instaló la primera fábrica de hielo en el país. Con ilusiones de nuevos proyectos, montó una fábrica de cerveza contratando a técnicos especializados en Alsacia.

Añorando los gorriones de su ciudad natal, Barr, junto con la maquinaria hizo importar trece jaulas de esas aves para soltar en Buenos Aires.

Bieckert llevó muestras de su cerveza a la Exposición Universal de 1889 en París y a Amberes, donde fue premiada. El negocio resultó de un éxito tan rotundo que las necesidades de producción excedían la capacidad de la planta por lo que se trasladó a instalaciones más amplias y modernas a Llavallol, al sur de la provincia, llegando a ocupar un predio de trece hectáreas en 1908.

Bernard Ader y su mujer Jeanne estaban esperanzados y tranquilos, su hijo tendría la oportunidad de un destino mejor y además no iba a ciegas, su hermana lo estaría esperando.

En 1860, Bernardo llegó a Buenos Aires a dormir sobre un colchón en el piso de una carpintería dónde trabajaba.

Cuentan las cartas que Bieckert lo recibió anunciándole que se iba a tener que ganar el sustento diario y que recién podría ser bienvenido en su casa cuando le hubiera demostrado que servía para algo.

La fría bienvenida le indicó claramente que se las iba a tener que arreglar solo, pero eso, lejos de amedrentarlo, forjó en él un carácter tenaz y voluntarioso que lo acompañó toda su vida. Aprendió el oficio de ebanista y comenzó a trabajar duro y parejo. Pronto se dio cuenta de que la Argentina prometía futuro y fue aprendiendo a visualizar las oportunidades de buenos negocios.

A los veintidos años ya había ganado unos cuantos pesos y empezó a ser recibido con respeto en la casa de su hermana y su cuñado, incluso éste le ofreció participar en algunas actividades en forma conjunta, Esa relación dio origen a la enorme fortuna que ambos crearon, a partir de la valorización de la tierra que hubo en la Argentina entre 1870 y 1920. Todas las propiedades que adquirieron, fueran urbanas o rurales, las compraron por nada y se multiplicaron por cincuenta o por cien según los casos.

El chico que había llegado a la Argentina sin nada era ahora millonario.

Una tarde, de visita en lo de su hermana se fijó en el retrato de una chica rubia sobre el piano familiar. Era la prima de Bieckert, una alemana luterana, Elise Schulze. Le gustó y se las arregló para casarse por poder con ella en menos de un año.

Elise Schulze viajó a la Argentina a vivir con su marido a quien sólo conocía por un dibujo hecho a mano y sin hablar una sola palabra de castellano ni de francés.

Tuvieron cuatro hijos, dos mujeres y dos varones, de los cuales sólo Anita llegó a la edad adulta.

En esa época pre-penicilina la mortalidad infantil era muy alta. Pasaba en todas las familias, había gran resignación al respecto pero no por eso menos sufrimiento.

La difteria se llevó a Juanita, de cinco años, y Eduardo y Enrique, muy jóvenes, se enfermaron de tuberculosis.

(Continuaremos la publicación de algunos pasajes del libro)
villaadelina37@hotmail.com