lunes, 1 de febrero de 2010

Como recién salidas de un figurín

Pasado el mediodía del sábado mis tías, Nélida y Rosita Pastorini, llegaban de sus trabajos. Nélida, de 35 años, trabajaba en la Standard Electric (Beccar) y Rosita, de 26 años, en el laboratorio Squibb (Martínez). Antes de almorzar se les imponía el lavado de la ropa, limpiar un poco la casa, hacer la comida.

Corría el año 1961. Después venía la siesta, que todos respetábamos en aquel entonces. La ceremonia obligada de los sábados comenzaba a las 5 de la tarde. Preparaban la mesa, cubriéndola con una frazada y una sábana por arriba. El rociador en el centro hacia la derecha. La plancha debía estar caliente pero no tanto para no tostar la ropa. A las cinco y media, broches en mano, sobre el alambre para tender la ropa, se abrochaba la primera: dura, impecable el color, perfecta la forma. Y veinte minutos después la segunda. Yo pasaba y las miraba, de no tan cerca, para que ningún roce las deformara ya que aún conservaban un poco la humedad del agua. Extrañas, rígidas, reacias a dejarse llevar por la brisa, apenas un movimiento desde esa altura. Permanecían un buen rato hasta que la ceremonia continuaba cuando, con sumo cuidado, se las llevaba al dormitorio, para descansar sobre sendas sillas.

No recuerdo a qué hora mis tías y sus amigas del barrio, partían para ir a bailar al Club Stella Alpina, frente a la estación de Villa Adelina, donde actualmente están las oficinas y estacionamiento de la línea de colectivos Nº 71. Pero seguramente eran bailes que comenzaban mucho más temprano que los actuales.

Y allí iban ellas con vestidos amplios, alegres, debajo de los cuales, se ponían las enaguas almidonadas planchadas horas antes. Y los resultados justificaban el esfuerzo: mis tías parecían recién salidas de un figurín.

Mónica L. Pastorini - 29/01/2010mlpastorini@yahoo.com.ar

Una casa de campo y mis afectos

Un día de verano de 1960. Como siempre la visita obligada a Zule (Zulema López de Gagliardini) de Thames 1050. Una puertita comunicaba ambos fondos, el de nuestra casa y el de ellos. Con el tiempo supe que no éramos los únicos vecinos que teníamos esta modalidad.

Ya habían terminado de almorzar, al igual que nosotros. Zule ya tenía el patio de ladrillos baldeado, la cocina limpia, muy pintoresca: un aparador antiguo con espejo y mesada de mármol, un juego de mesa y sillas de madera, una mesada pequeña y la cocina económica, negra y brillante por la hacendosa mano de la patrona. Colgaban ollas, cucharones, espumadera, colador. A la entrada de la cocina un mueblecito pintado de verde claro: la heladera a barra de hielo (creo que la llamaban conservadora). El hielo se lo traían en un carro envuelto en arpillera.

La casa era de adobe y el techo de chapa. Habían faenado un cerdo por eso se veían colgados de los tirantes del techo de la cocina todos los chacinados. A cada lado de la puerta siempre presentes las ristras de pimientos de la mala palabra, secándose al calor del lugar y siempre dispuestos para que Reinaldo Gagliardini, su esposo, se los comiera en sándwiches que sólo él podía tolerar. Un día el médico le prohibió comerlos, y desde ese día, las ristras desaparecieron de la cocina. Pero siguió cultivando el peligroso manjar entre otras verduras de la quinta que tenía al fondo, ocultos entre tomates y otros ajíes. Yendo con un pan abajo del brazo, retomó a escondidas los sándwiches, con los ajíes recién cosechados. Zulema había cerrado las cortinas del corredor y de la cocina, oscureciendo los ambientes, y se imponía ir a dormir la siesta.

Ella se había criado en la isla; añoraba las madreselvas, las azaleas, las hortensias que en ese tiempo ya poblaban las márgenes de las islas. Había ido a una escuela flotante, y siempre nos contaba el temor que le provocaba ir allí. Después había aprendido a juntar los mimbres y ayudaba a su familia en ese duro trabajo que les permitía mantenerse. Con el tiempo se mudó a la casa de una tía en Villa Adelina, adonde conoció a su futuro esposo.

Gagliardini vivió siempre en Villa Adelina; fue a la escuela de Paraná y Fondo de la Legua, fundada por Domingo Faustino Sarmiento, a la que llegaba a pie por un sendero bordeado de cina cina. En los años 60 era quintero en la quinta de los Abriata. Con el tiempo trabajó medio turno en la quinta y medio turno en la fábrica Cattaneo.

A un costado de la casa estaba el corredor con enrejado de madera, verde, tan característico de las casas de entonces, y que yo ambiciono seguir conservando en nuestra casa, que también lo tiene. Y adelante un pequeño jardincito con laurel de jardín, un níspero y agapantos violetas y blancos. Como en todos los jardines de esa época no faltaba la hoja de salón, siempre brillante y resistente a cualquier impacto climático. El patio con el clásico parral permitía pasar una tarde calurosa casi sin sentirla, y con la dicha agregada, de poder disfrutar de unas ricas uvas chinche.

En el medio del patio la bomba generosa que les brindaba un agua fresca y pura. Pegado a la casa, pero al fondo, estaba el baño, rociado siempre con acaroina, para que se mantuviera desinfectado. Y luego venia el verde total: sauces llorones, un eucaliptus, paraísos, árboles frutales, más parrales, pero ahora en forma de canteros, bajos, como los de Mendoza; la quinta de verduras, los surcos con plantas de frutillas tentadoras.

En lo que ahora es la esquina de Thames y Miguel Cané, Gagliardini tenía uno de los gallineros. Era como una fábrica o taller abandonado, con estructura de hierro y ladrillos de cantos, que formaban paredes finas, semidestruidas. No tenía techo y aún quedaban en su interior como bloques de material con argollas de hierro y resto de las paredes. No sé que habría funcionado allí pero estoy tratando de averiguarlo. Otra parte del gallinero estaba pegado por la derecha a la casa, en el lote contiguo a la misma y por el otro lindaba con la fábrica abandonada.

El cerco que daba a la calle Thames estaba tapizado con plantas de huevitos de gallo, que cuando estaban ya maduros, nos invitaba a deleitarnos las tardecitas del verano. Estaban las conejeras, en parte ocupadas por conejos y en parte ocupadas por los gallos de riña que criaba Reinaldo, separados unos de otros, nunca juntos. Estos animales parecían salidos de una paleta de pintor, por los hermosos colores de sus plumas, pero no nos eran gratos porque siempre estaban al acecho con el picotazo pronto.

Muchas veces he escuchado decir que las personas nos identificamos con los animales que tenemos y tomamos algunos rasgos de él. Esto pasaba con don Tomàs, que caminando parecía un gallo de riña por la postura de su cuerpo y cabeza. El le compraba los gallos a Reinaldo. Nunca supimos el destino último de estos animales. Y no era algo que se nos ocurría preguntar con mis seis y los cinco de mi hermana. No faltaban en la casa los perros: Pinky (chihuahua) y Diana (perra de caza). Y por supuesto una pajarera y jaulitas, pobladas, sobre todo, de jilgueros y canarios.

Debajo de los sauces, Reinaldo y Jorge y Héctor, sus hijos, habían construido una cancha de bochas donde los hombres lucían sus destrezas en los campeonatos que disputaban. Mientras tanto Elvira, su hija mujer, siempre experimentando en la cocina nuevos postres.

Cuando yo nací mi abuela paterna ya había fallecido, y al año falleció mi abuela materna. Con el correr del tiempo me di cuenta que había adoptado a Zulema como mi abuela y a su hija, Elvirita, como hermana mayor. Cuando ingresé a la escuela primaria, ya sabía leer y escribir. Ella, jugando a la maestra, había sido mi alfabetizadora. Teníamos a Juansú, que era nuestro único abuelo (paterno), pero también Gagliardini lo era, adoptivo, pero no por eso menos abuelo.

Hoy quiero dedicarles a ellos este relato, plasmando en palabras lo pintoresco y grato de lo vivido hace 50 años.

Mónica Liliana Pastorini - 27/01/2010

lunes, 25 de enero de 2010

El Campito

Cuando tenía algo más de seis años, sobre la calle Lamadrid entre la actual Soldado de Malvinas y “la cortada” Los Plátanos, a mitad de cuadra, había un “campito”. Estaba compuesto por tres terrenos baldíos, dos de ellos unidos por el fondo: uno desembocaba en Lamadrid y el otro en Miguel Cané, y el restante unido por uno de los costados del que daba a M. Cané. En él los más chicos andábamos en bicicleta (ahí fue donde me largué sin rueditas), jugábamos a las escondidas y cazábamos lagartijas que eran distintas a las que vemos ahora. Aquellas eran color verde y no tenían rayas en la piel. De vez en cuando aparecía algún sapo ó alguna rana salidos de las zanjas de las calles de tierra.

Sobre la calle Cané, donde estaban los dos terrenos juntos, era “la canchita (la primera)”. Allí era nuestro lugar donde hacíamos piruetas con la bici y jugábamos a la pelota. Algunos nombres de aquella chiquillada: José Guarino, su hermano Mario. Abel Sosa. Entre los más grandes Vicente y Mario (hermanos de José), Pedro, Juan (no recuerdo sus apellidos) y tantos otros. Aunque en realidad era el lugar de los “más grandes” así que de vez en cuando, debíamos ceder a regañadientes nuestra pista.

Los días de semana se armaban los “picados”. Quienes jugaban eran los hermanos mayores de algunos chicos y sus amigos. Casi siempre todo comenzaba con un “cabeza” y seguía con “el picadito”. Se interrumpía para el “pan y queso” y ahí sí, se continuaba con unos partidos que casi siempre eran de 5 ó 6 jugadores por equipo, previa corrida de algún integrante para dejar el guardapolvo ó cambiarse el uniforme del colegio. Es decir: se pasaba por “la canchita” antes que por casa. Y eso sí, se jugaba siempre después de clase.

Los sábados por la tarde ó los domingos a la mañana la cosa cambiaba. No era raro que se fuera a jugar partidos en otros barrios vecinos ó que aquellos fueran los visitantes. Hasta incluso alguna vez se hizo un Campeonato donde al equipo “Interbarrios” ganador se le entregó una modesta Copa. Algo para resaltar es que si bien las hinchadas (compuestas en su mayoría por padres, madres y familiares) estaban prácticamente juntas no recuerdo agresiones entre ellas, sí chistes y cargadas ante una jugada fallida que generaba la carcajada general. Y al final siempre había facturas y gaseosa para los más chicos, y salamín y queso, más algún líquido con soda, para los grandes. Cuando ellos llegaban, nosotros, los más chicos, nos corríamos hacia el terreno que daba sobre Lamadrid, donde había un paraíso grandísimo.

Allí nuestra mayor diversión era hacer pozos y teníamos dos modelos: uno era el pozo “simple”. Era un pozo de alrededor de 1,50 mt de diámetro cuya profundidad se correspondía con el largo de nuestras pantorrillas, entonces podíamos sentarnos cómodamente y tener charlas de chicos. El otro modelo era una obra maestra: tenía sillas y horno incorporado. La profundidad era mayor que el anterior. A la altura de las pantorrillas y hacia afuera, hacíamos un semicírculo-pozo del largo de nuestros muslos, de esta forma teníamos silla con respaldo y apoyabrazos. Los asientos eran todos distintos ya que cada uno hacía y tenía el suyo, y no era ocupado (ni pensarlo) por otro de los asistentes.

Al hornito lo hacíamos así: por sobre el nivel del piso del pozo, hacíamos un túnel de piso plano y techo abovedado, el largo era aproximadamente el largo de nuestro brazo entero. Con una ramita (o el brazo) tomábamos la medida, y en ese lugar se hacía la chimenea. Por supuesto hacíamos algunas papas y batatas “al rescoldo” que eran nuestra delicia.

A eso de las 6 ó 6,30 de la tarde terminaba nuestro horario de juego, así que cuando caía ó estaba por caer el sol, volvíamos a nuestras respectivas casas para hacer los deberes. Es de destacar que en este momento se ponían de manifiesto la solidaridad y coordinación que reinaba entre nuestras madres. Y también entre nosotros, los chicos, que se manifestaba en el siguiente diálogo y que también se daba en forma simultánea en nuestros hogares:

Madre- ¡Mirá como venís!
Hijo- ¡Pero má…!
Madre- ¡Andá a bañarte!
Hijo-¡Ufa má…!
Madre- ¡Inmediatamente!
Hijo- Si, má…

Enrique Daniel Alvarez
edalvareztcc@yahoo.com.ar

miércoles, 20 de enero de 2010

Mi niñez en el Instituto San Juan Bosco

Era fines de febrero del año 1966, caminamos con mi mamá cuatro cuadras: media cuadra hasta Soldado de Malvinas (antes Las Acacias), dos cuadras hasta Pichincha, y por esta misma, dos cuadras más y 20 metros. Era una escuela nueva. Nos había recibido un señor alto de abundante pelo negro y bigotes, mi mamá le mostró unos papeles, el señor anotó algo, y luego, dirigiéndose a mí me dijo: "¿así que vas a tener un hermanito?", "sí", le contesté, luego escuché como este señor le explicaba a mi mamá acerca del uniforme, pasaron algunos días y las clases de 1° superior comenzaron, el señor que nos había recibido ese día era mi maestro, era el señor Guillermo Dalponte.

Mi hermano mayor iba a 3° grado, su maestro era el señor Carmelo Paolillo. La escuela constaba solamente de cuatro salones y dos pequeños baños, en la parte trasera del patio había una casilla de madera pintada de verde oscuro, donde funcionaba el jardín de Infantes. Años más tarde, sacaron la casilla, ampliaron los baños, pusieron algunas canillas en el patio y construyeron la dirección, la secretaría y la sala de maestros. Pasaban los años, seguíamos yendo a clase, algunos nos llevábamos materias, otros no, hasta que llegó el tan ansiado viaje de egresados. Por supuesto que fuimos a Bariloche!!.

Tengo las fotos bien guardadas, pero la que veo siempre es la grupal, estamos en el cerro Otto cuando se estaba empezando a construir la confitería. Visitamos otros lugares como Puerto Blest, los Siete Lagos, la Isla Victoria, nos sacamos otra foto grupal donde se veía el Llao-Llao de fondo, y la última foto, en el restaurante del hotel Piedras 1, frente al lago Nahuel Huapí.

Ahora la escuela cambió muchísimo, tiene más salones, más oficinas y un segundo piso. Grande fue mi sorpresa, una tarde cuando salía de mi trabajo me propuse no ir a mi casa, seguí hasta Villa Adelina, con quién me encontré? con los señores Raquel y Rubén Guisoni!! Tantos recuerdos, tantos compañeros, tantas horas vividas en la escuela, y pensar que hace mas o menos un mes, cumplió 50 años!! Y siempre estará ahí, sobre la calle Pichincha al 2000, el Instituto San Juan Bosco.

Viviana Álvarez Rodríguez
Originalmente publicado en www.ciudadvilladelina.com.ar - 19/01/2010

De cómo mi maestra se convirtió en mi tía

Cuando comencé la Escuela Primaria (año 1962), mis padres (Aquiles A. Álvarez y Águeda A. Rodríguez) habían decidido que la comenzara del modo “Particular”. Modalidad que consistía en asistir a clases en la casa de una maestra que brindaba sus conocimientos y luego, a fin de año, rendir examen en una Escuela estatal (en mi caso era la Escuela General Belgrano, sobre Avenida Maipú, a pocas cuadras de Puente Saavedra).

Las calles eran casi todas de tierra, los automóviles muy pocos, así que el trayecto lo hacía casi siempre solo, nunca tuve un problema. En mi caso el recorrido era: Lamadrid, Las Acacias (ahora Soldado de Malvinas), J. V. González, Los Pinos (actual Ucrania). La “seño” vivía en González y Los Pinos.

Recuerdo la pequeña puerta y la tranquera de caño, atravesaba la primera y seguía el caminito. A la derecha había un cobertizo que oficiaba de lavadero y reparo de la bomba de agua centrífuga. Un poco mas adelante (sobre la izquierda) un patio cubierto de glicinas, a esa altura (sobre la derecha) comenzaba el salón de clases. Por el pasillo y unos metros mas adelante y girando a la derecha, ingresábamos.

Cuando me llevaba mi abuela, el recorrido cambiaba. Ella vivía en Independencia casi Las Acacias (entonces doble mano ambas). Íbamos por Independencia, cruzábamos Av. de Mayo y allí doblábamos a la izquierda, en El Indio (donde ya estaba la estación de servicio). Llegábamos hasta Yerbal y ahí, entre las casuarinas (que siguen estando y no eran tan grandes) había un simple molinete y el camino entre algunas mergas (parcelas) con siembras varias. Algo más de dos cuadras por el camino y llegábamos a la casa (y al salón).

Con mi abuela vivían dos tíos (Polo y Guillermo), los dos trabajaban y por supuesto se contaban de sus novias, que no eran conocidas. A los seis años uno no entiende de algunas cosas. La cuestión es que en una de las visitas a la abuela “Mina” (apócope de Guillermina y apellido Conder) mis tíos estaban absolutamente afónicos. Y no solamente ellos, sino también otro tío que vivía en Independencia casi Los Pinos, un amigo de la otra cuadra, otro de la vuelta… Cuando les pregunté qué les había pasado fueron sinceros: “Fuimos a dar una serenata” me dijeron. Conforme con la respuesta… días después pregunté a mi papá: ¿Qué es una serenata? Me explicó que era un tipo de canción ó recitado que los hombres ofrecen a sus enamoradas. En aquellos días la televisión era distinta, así que entre Pedrito Rico, Lolita Torres, Los Panchos y el libro de Romeo y Julieta terminaron de dar forma a la idea.

Así que de esta forma transcurrían mis días: clases, reuniones de familia, donde el motivo era porque sí, y siempre se cantaba de todo: zambas, cuecas, tangos, algún aria, hasta marchas patrióticas. También juegos en la canchita (tema para otra charla), mucha bicicleta y los paseos de fines de semana. Sucedió que en una de las frecuentes reuniones, el clima era de cierto nerviosismo. Recuerdo que estaba con pantalón corto, zapatos lustrados, camisa blanca y peinado “a la gomina” ¿qué tal? Mi hermana con su mejor vestidito y las infaltables vincha y colitas. Mis primos y primas vinieron luego, con el tiempo… Los mayores muy bien arreglados, mi abuelo (Edmundo Rodríguez) y los hombres con corbata, reloj y anillo. Las mujeres con elegantes vestidos, anillos, collares y pulseras. ¿El motivo? ¡El tío Polo (Hipólito) nos iba a presentar a su novia! Todo un acontecimiento.

Si bien el almuerzo sería afuera, la recepción fue en el comedor de diario que estaba en la parte de atrás de la casa y daba al patio. Allí estábamos todos. Llegado el momento alguien llama, mis abuelos atienden, se oyen presentaciones, el consabido “¡m´hija!” y demás. Pero había algo que me era familiar… ¿qué era? Pasos no, era algo más… ¿qué era? ¡Las voces, eso era! ¿Pero de quién? Qué incógnita… Pasos que se acercan, voces, y de repente… silencio con signo de interrogación y exclamación… imagen congelada. La novia de mi tío preguntó: -Enrique… (Yo) ¿Pero vos...? -¿Usted señorita es…? (le dije) Mi tío preguntó intrigado: “¿lo conocés?”. -Es alumno en casa… (Respondió ella también asombrada). Todos los presentes con risas y cara de sorpresa. Así que de esta forma todas las familias nos unimos para ser otra más grande. Por supuesto se casaron y hubo una fecha más para festejar.

La casa donde fueron a vivir estaba construida sobre unos terrenos que el padre de la novia les regaló en la misma esquina de González y Los Pinos. Ya siendo un muchachito, y en una de las tantas reuniones (siempre con muchos presentes) en su casa, le pregunté al tío Polo: “tío, ¿te acordás de cuando le diste la serenata a la tía?” Como estaban presentes todos los que lo habían acompañado aquella noche, dijo: “¿se acuerdan cuando vinimos a cantar?” Y ahí salimos, entre chistes y risas, a ubicarnos donde habían cantado esa vez. El lugar era en medio de la calle Los Pinos, frente a la tranquera de caño que conté mas arriba. En ese momento me dí cuenta del porqué de la afonía colectiva de aquella vez: desde donde ellos cantaron hasta la casa donde mi ahora tía, Leonor Matteri, escuchó el dulce cantar, ¡había más de media cuadra!

Enrique Daniel Alvarez

Originalmente publicado en www.ciudadvillaadelina.com.ar - 14/01/2010

martes, 12 de enero de 2010

Mail de Mónica Pastorini

De: Monica Liliana Pastorini
Fecha: 12/01/2010 08:57:59 a.m.

Miguel: aunque no lo conozco le agradezco sus palabras en relación a mis relatos.

Lo que Ud. nos relata es muy interesante y descriptivo de costumbres de otros tiempos. Es increíble como se va armando una historia de la vida cotidiana de mediados del siglo 20, tan distinta a la actual.

Ud. hace referencia a la caza de ranas para luego comerlas. Yo viví en Thames 1048. Mis vecinos (hace tiempo fallecidos) hacían polenta con pajarito. Eran Reinaldo Gagliardini (tío de los Salvucci) y Zulema López, su esposa. Ella solía visitar a menudo a Haydee Salvucci, su sobrina, a quien Ud. nombra en su relato.

Por supuesto para nosotros también la uva chinche, las granadas y, yo agrego, los higos, eran las frutas esperadas del verano. Mi abuelo nos juntaba racimos y para que no los comiéramos calientes llenaba un fuentón con agua fría de la bomba y las dejaba un rato allí. A mí me gustaba subirme al techo del gallinero y de allí juntar los higos y llenar baldes con ellos. Lo feo era cómo quedaban mis brazos por lo áspero de las hojas de la higuera. Mis tías hacían dulce con ellos, y la casa se inundaba con un perfume indescriptible.

Bueno, le reitero el agradecimiento por sus palabras. Mónica Pastorini

lunes, 11 de enero de 2010

Recuerdos...

Qué lindos recuerdos estimulan los exquisitos relatos de Mónica Pastorini.

El otro día mientras leía, añoraba aquellos zanjones poblados de renacuajos adonde infantilmente acudíamos para intentar pescarlos con un trozo de género a manera de cedazo; los potreros que invadíamos en busca de "huevitos de gallo", los túneles subterráneos que artesanalmente construíamos bajo la dirección del "Chuly" Alfredo García en los fondos de su casa de la Avenida Ader al 4000. Y era su papá, Don Severiano, que junto al mío y otros vecinos amigos se acercaban a la laguna del Parque Cisneros para pescar ranas, divertimiento que por lo general resultaba fructífero. Y luego, cargando las bolsas con las ranas de vuelta a casa del amigo, colaborabamos los más chicos para que en el piletón del lavadero a campo abierto de Doña Rosa de García, se sacrificaran cortándoles la cabeza. Después se las "desvestía", literalmente hablando, en la operación de descuero a cuchillo. Muchas veces, con sus cuerpos acéfalos y desvestidos, nuestros ojitos presenciaron la frustrada fuga de algunas de ellas (impulso eléctrico, decían). Lo mejor del tour culminaba cuando las hábiles dotes culinarias de Don Carlos Prati, junto con los dueños de casa y mi padre, lograban hacernos disfrutar del manjar de su blancas carnes marinadas.

En cuanto Mónica refiere de las quintas e invernaderos, recuerdo que con mis padres y mi hermanita salíamos de casa (en Los Fortines al 3043) y caminábamos alegremente por una calle bordeada de acacias (Avenida de Mayo), para pasar los más hermosos domingos en casa de mi tía Lucía Cichino, en Cosme Argerich y Drago. El tío Francisco Rodríguez, su esposo, sapín y pala en mano, cuidaba del cultivo de aromáticos plantines florales de diversas variedades que a su tiempo llegarían a los Mercados de Capital. Tío Rodríguez sabía hacernos divertir improvisando hamacas con gruesas sogas que colgaba de las ramas tranversales de higueras y nogales. Tenía además árboles frutales con deliciosas granadas y ciruelas, parrales de uva chinche, y otros que solíamos degustar en nuestras frecuentes visitas.

Hace pocos meses pasé por allí y me detuve a charlar con la señora Haydée Salvucci que con su esposo son los actuales moradores del lugar. Poco ha cambiado del frente de la casa, supe que una ventana "ojo de buey" de la cocina se mantiene intacta, no así la que había en el dormitorio de mis tíos y que fue testigo de nuestras obligadas siestas domingueras. Y ya no existe tampoco un tanque de mampostería rectangular de 2 x 2 mts. en el cual se almacenaba agua de lluvia para el riego. Allí también se criaron renacuajos y otras especies de pequeños peces.

La quinta del tío Rodríguez era lindera a la de los Salvucci, lugar en el que mi papá Héctor trabajó siendo adolescente como ayudante de cocina, pero este será tema de un futuro comentario.

Miguel A. Moschiar