lunes, 11 de enero de 2010

Sobre los vecinos ayer y hoy...

Apelando a mi memoria retrocedo 50 años atrás y me reencuentro con una Villa Adelina muy distinta a lo que es hoy: quintas de verduras, invernaderos con claveles, helechos plumosos y crisantemos; algunas casas diseminadas, muchos baldíos y algunos comercios, muy pocos: almacén, carnicería, verdulería en la quinta de los Abriatta, la panadería, y una tiendita, indispensable para las señoras que cosían, tejían y bordaban. Vivíamos en la calle Thames, la única que estaba asfaltada, entre Miguel Cané y Lamadrid. Recuerdo que el asfalto llegaba hasta la calle Curupayti. Las demás eran calles de tierra, rellenas algunas con moldes rotos de cerámicos de la fábrica Cattaneo, “La Fama”, que estaba en el predio ocupado hoy por la escuela de Todos los Santos. Mi papá era quintero. Trabajaba junto a su hermano en tierras que arrendaban en las Lomas de San Isidro. En ese entonces todos nos conocíamos. No sabíamos ni de rejas ni de dobles cerraduras. Vivíamos con las puertas abiertas, que cerrábamos con trancas y pasadores a la noche, o simplemente con pasadores durante el día, cuando merodeaban las gitanas, que tenían fama de ladronas. Con mi hermana jugábamos en el fondo de la casa. Mis padres no veían bien que estuviéramos en la calle. Eso era cosa de varones. Cuando nos aburríamos sólo bastaba traspasar el portoncito del fondo que separaba nuestra propiedad de la de la familia Gagliardini. Me invade la nostalgia al recordar el vínculo que en ese momento existía entre los vecinos. Manteniendo el respeto por la intimidad de cada familia nos unía una relación muy estrecha, signada por la solidaridad, el diálogo, el respeto mutuo. Al fondo de la casa de mis vecinos había un sauzal y bajo su sombra, en verano, jugábamos con Reinaldo, que hacía de abuelo postizo, al ajedrez, las damas, las cartas, mientras Zule, su esposa, nos cebaba mates de leche y nos convidaba pan con dulce casero de tomate o ciruelas. Gagliardini era también quintero, y lo que no cosechaba papá lo recibíamos de él. Aparecía los mediodías desde el fondo con una bolsa de alpillera, con hinojos, algunos ataditos de radicheta, y no recuerdo que más. Era común que entre los vecinos se intercambiaran verduras, frutas, huevos frescos, chorizos y dulces caseros. Después, cuando Miguel Cané se pobló de inmigrantes provenientes de Italia, no faltó en ese intercambio el vino, la grapa y las botellas de salsa de tomate caseros. Cuando éramos muy chicas, el vasco Buffa nos mandaba con papá, leche recién ordeñada y huevos frescos, que mamá transformaba en los inolvidables flanes caseros. La generosidad predominaba y eran pocos los vecinos que no compartían lo que cosechaban o producían. Las charlas sentados en la vereda, eran habituales, sobre todo las noches de verano, salpicadas por las simpáticas luces de los bichitos de luz y las luciérnagas. Hoy día todo ésto parece muy lejano y hasta parece salido de un cuento de hadas, pero fue en su momento, algo real que se fue modificando y, lamentablemente, mucho se ha perdido. Hoy vivimos de puertas con reja y doble llave, para adentro. Casi no conocemos a los vecinos, con quienes con un poco de suerte, saludamos. A veces nos encontramos conversando sobre algo que aconteció en el barrio, sobre lo que tarda el colectivo 700 cartel blanco, que antes fue el 5, despúes 705 y luego el 234, etc. Y todo termina allí. Para quienes conocimos de otros vínculos entre vecinos, extrañamos la posibilidad de traspasar un portoncito y encontrarnos con quienes muchas veces, llegaban a ser tan importantes o más que los de nuestra propia sangre. Y con quiénes compartíamos nuestras alegrías y también nuestras aflicciones. Hoy día la inseguridad, la desconfianza, el individualismo, han avanzado sobre nosotros. Pienso que cada vez se hace más difícil revertir ésto, pero creo en la posibilidad de poder recuperar algo de lo que perdimos: asombro a mis vecinos con ramitos de orégano recién cortado, con bolsas llenas de mandarinas caseras, recién juntadas en la casa de mi mamá, ramitos de flores, que se convierten al otro día en plantas que me envían para mi jardín. Tal vez sean los gestos simples y sinceros los que ayuden a recuperar algo de lo que fue. Mientras tanto yo sigo apostando a la esperanza.

Mónica L. Pastorini
mlpastorini@yahoo.com.ar

Originalmente publicado en http://www.ciudadvillaadelina.com.ar/ - 08/01/2010

jueves, 7 de enero de 2010

Datos y fotos aportadas por Miguel A. Lafuente

Casamiento de María Luisa Abriata y Ciro Maggiolini
Catedral de San Isidro, 1910


Ciro Maggiolini, chofer del primer auto radicado en Villa Adelina,
propiedad del funcionario ferroviario Scott


Emma María Gobello y Guillermo J. M. Abriata


Sobre esta foto nos cuenta Miguel A. Lafuente:
Primer plano, de izquierda a derecha:
Magdalena: casada con Roque Leo, tuvieron 5 hijos: Horacio, Isabel, María Esther y Luis.
Dolores: casada con Arturo Spedaletti (que por supuesto vos conocés) por ser el primer peluquero de Villa Adelina, maestro en el arte del esterillado y uno de los fundadores del Club Villa Adelina (CASVA). Estos son padres de Roberto, Ricardo e Ilda Elda.
Paula: casada con Nilson, tuvieron 3 hijos: Dora, Titi y Cochengo (nombres familiares).
Rosa: casado con A. Gallegos, tuvieron 2 hijos: Juan Carlos y Nelly.
Francisca: casada con Ambrosio Cámara, son padres de 4 hijos: Juan, Rita, María, Domingo (Ningola con horno de ladrillos) y Pipo (primer servicio fúnebre de Villa Adelina).
María Luisa: casada con Ciro Maggiolini.
En el medio, sentados:
Emma María Gobello, (murió el 5 de febrero de 1921) y
Guillermo José María Abriata, nacido en Sezzadio, pueblo que se encuentra en la región del Piamonte, Provincia de Alejandría, el 15 de abril de 1859 (según partida de nacimiento y bautismo, que obra en nuestro poder). Emma María también es oriunda de Sezzadio. Guillermo José María murió el 21 de junio de 1931, según el acta número 17 del Registro Civil de Boulogne (que también obra en nuestro poder).
En segundo plano, los seis hijos varones:
Francisco: casado con Gervasia Cruz, vivían en Uriarte y Sarratea de Boulogne.
Juan Alejandro: casado con Francisca Angeleri, con 4 hijos: 1º Eduardo; 2ª Telma, casada con Francisco Pérez (primera fábrica de calzados en Boulogne); 3º Hugo Oscar (con verdulería en Independencia y Thames) con tres hijos: Patricia, Dario y Hugo y 4ª Susana Beatriz (Titina) casada con Norberto Testorelli en 1936, padres de Miriam, Fabián y Gladys.
Pablo: casado con Margarita Capino, tuvieron 4 hijos: Pablo, Oscar, Raúl y Carlos. Pablo fue el dueño de los cines de Boulogne y una calle lleva su nombre.
José Luis: casado con Luisa Ursulina Angeleri, con tres hijos Alfredo, Celia y Clara, ésta casada con Gino Morelli. José Luis Abriata es padre de Alfredo Aníbal, quien sería la persona a la que se refiere la señora Mónica Liliana Pastorini en su nota sobre "La quinta de los Abriata" publicada ayer. Asimismo, José Luis es el suegro de la señora Irma Isolina Remotti, Pirocha, quizá la que más sabe de los Abriata y que en varias entrevistas me entregó muchos documentos y referencias de esta familia.
Pascual Felipe, soltero.
Santiago Antonio: casado con Serafina Tidoni, con 3 hijos: José Gregorio, Enrique y Ángel.

Hasta aquí, y me parece un poco extensa, la primera generación de la familia de los Abriata.

A esta foto una observación: estimo que la vista debe ser de 1910 y el lugar se encuentra exactamente igual en la actualidad. Si vos pasás por Rivera, antes de llegar a Yerbal verás que la pared es la misma -a pesar de que haya pasado un siglo- lo unico distinto es la desaparición de esa planta, que es una magnolia, todo lo otro no tienen ninguna diferencia.

Para ver las fotos ampliadas hacer un click sobre las mismas.
Gracias a Miguel Angel Lafuente

lunes, 4 de enero de 2010

La quinta de los Abriata

Los sábados, después de almorzar, sobre todo cuando el invierno había quedado atrás, solíamos reunirnos para salir a pasear con nuestra amiga Marta Manzano.

El recorrido solía ser casi siempre el mismo: la vuelta a la fábrica La Fama, los invernáculos de flores de la calle Pichincha y Thames; a veces nos aventurábamos hasta la Av. De Mayo donde de lejos se divisaba el nogal de la casona de las Srtas. Matteri, maestras muy conocidas en Villa Adelina. En Colombres y J. V. González estaba la placita de la Orbis.

Las calles eran todas de tierra y en sus zanjas abundaban en verano los renacuajos. Lo que más nos gustaba era el paseo por la quinta de los Abriata. En primavera nos atraía salir a juntar moras. Ya conocíamos dónde se hallaban los árboles más importantes, al borde de la quinta, y dependiendo de si juntásemos moras blancas o moradas, volvíamos a nuestras casas con las manos todas manchadas y azucaradas por las dulces frutas. En ese entonces no existían los kioscos y las golosinas podrían llegar a ser tanto las moras como los “huevitos de gallo” que crecían a lo largo de los cercos en verano.

Íbamos por la calle Miguel Cané y llegando a Rivera atravesábamos un molinete de madera, que nos permitía comenzar a recorrer la quinta. Apenas entrábamos, a nuestra derecha, tenían una bomba adentro de un galponcito de chapa, de donde salía el agua fresca que serpenteaba presurosa por las acequias.

Nos gustaba beber esa agua, levantada de la acequia con las manos juntas, en forma de cuenco. Cosa rara: por hacer esto nunca nos agarró ninguna peste. Ahí comenzaba el recorrido sobre lo que hoy es la calle Rivera. En aquel entonces era un callejón de tierra.

Entre él y la quinta nos separaba a ambos lados, los cercos de alambre bajos, pero lo suficientemente fuertes como para mantener protegidos los cultivos. Algunos hombres con el sapín en mano, escarpían los surcos sacando las malezas indeseables. Otros juntaban tomates o cortaban las lechugas, que parecían rosas verdes, de tan arrepolladas. La verdulería de los quinteros estaba frente a la casa “La Meca”, cruzando Rioja. La casa antes de ser de ellos, había pertenecido a los hermanos Cantón.

Al costado de la casa, cruzando la calle Rivera, estaban los galpones de chapa donde guardaban las maquinarias, arados, camiones... Mamá nos decía que no podíamos sacar ni tocar ninguna verdura porque nos dispararían con cartuchos cargados de sal. Nunca supimos que fuera verdad pero por las dudas no tocábamos nada.

Los domingos a la mañana, papá, Carlitos Pastorini, visitaba a Alfredo Abriata. Con él intercambiaban semillas, plantines de verdura. Sin saberlo mantenían los cultivos sanos y la variedad genética, cosa que ahora si sacamos semillas de una planta y las plantamos vemos que la planta que origina, no conserva la forma original de la planta madre.

En la quinta trabajaba nuestro vecino, Reinaldo Gagliardini y su hermano Elio Gagliardini nos traía, en invierno hinojos. Cada cultivo era estacional no como ahora que podemos comprar tomates, por ejemplo, todo el año. Qué placer esas caminatas. Y cuántos cambios en sólo cuarenta y pico de años. Cada tanto volvemos a la calle Rioja y Rivera para dar una mirada nostálgica a la La Meca, lo único que queda, creemos, de aquel entonces.

Y ahora este relato para rescatar la historia que no está en los libros y que seguro, a nuestros nietos, les gustará escuchar…

Mónica Liliana Pastorini
mlpastorini@yahoo.com.ar

Originalmente publicado en
http://www.ciudadvillaadelina.com.ar/

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Fiesta de Santa Rita

La fiesta de Santa Rita Jardines de floricultores con claveles rojos, blancos y helechos plumosos en sus invernaderos. Quintas de verduras salpicadas por hombres con sapín en mano, encorvados sobre los surcos, preparando el campo para la siembra del otoño. Acequias de agua cristalina brotando fresca y transparente de los tanques australianos. Ya el frío ha producido las primeras heladas. Muy poco queda de los coloridos jardines del verano, poblados de madreselvas, rosas, jazmín del país, achiras, azucenas rosadas, enredaderas con cornetas anaranjadas, que tan primorosamente cuidan las Pastorini. Zulema, mi vecina-abuela, me contaba que a mediados de mayo la tía, con quien vivía en Rivera y Lamadrid, la obligaba, a sus catorce años, a limpiar el techo de chapa pintada de rojo de la casa. No sólo tenía que pasarle la escoba para sacarle las hojas que el otoño le robó a los paraísos, sino también fregarlo con agua y jabón. -Mirá lo que me hacía hacer mi tía!-Rezongaba Zule, recordando sus años de adolescente. -Tenía el berretín de que la casa estuviera impecable. El 22 de mayo los quinteros con sus familias iban a pasar por allí para ir a la fiesta de Santa Rita. Venían hasta de Munro con sulkis, carros, otros caminando. Nadie podía faltar. La iglesia había sido construida en 1901, en tierras donadas por don Avelino Rolón, vecino de la zona que vivía en San Isidro y que en verano disfrutaba junto a su familia de la propiedad que poseyera en lo que hoy es el Hogar Arenaza, conservándose aún en el lugar la vieja casona. La religiosidad y caridad cristiana de esta familia los llevaba a visitar las quintas y además de llevar ropa, calzados para los que los necesitaban, ver si los niños habían sido o no bautizados. Si aún no estaban bautizados se encargaban de que lo fueran, saliendo las mujeres de la familia, madrina de ellos. Es así como mi papá tuvo como madrina a doña Camila Rolón. Volviendo a la esperada fiesta, hace cincuenta años, la tradición se conservaba. Todos los vecinos peregrinaban religiosamente a la iglesia. Se asistía a la a la procesión, a la misa y después a la fiesta con kermese, carrera de sortijas y otras actividades. Mi abuelo se vestía de gaucho con bombacha “Jiuliette”, rastra con monedas, camisa blanca, pañuelo al cuello y botas de cuero. Juansú, que así era el nombre al que conocían a Juan Pastorini, alegraba la fiesta con sus payadas, tan esperadas. Mamá nos vestía de domingo e íbamos a la fiesta que no era tal si no nos compraban copos de nieve y palomitas de maíz. Casi no se podía caminar en las calles que hacen esquina en la iglesia. Los vecinos se saludaban y aprovechaban para conversar sobre novedades familiares. En el momento en que comenzaban las carreras de sortija, todos nos corríamos hacia los costados y la mirada estaba puesta en los jinetes y en la sortija, que allá en lo alto iba a ser el trofeo de los más habilidosos. Con el tiempo la fiesta se fue perdiendo. Pero todos los 22 de mayo no sólo algunos vecinos, sino también gente de diferentes localidades y de la Capital, siguen visitando la iglesia llevando sus oraciones a Santa Rita y participando de la tradicional procesión.

De Mónica L. Pastorini- Fecha: 28/12/2009
http://www.ciudadvillaadelina.com.ar/index.php?seccion=relatos

Hace 55 años

Ha sonado la sirena de las tres de la tarde. Sobre la calle Thames comienzan a desfilar con paso rápido y bolso en mano, innumerables hombres y mujeres, que no hace tanto tiempo, se dedicaban, ellos a trabajar en las quintas, en los invernáculos de flores y ellas a hacer los quehaceres de la casa, atender al esposo y a los hijos, cuidar el jardín, dar de comer a las gallinas, cocinar, limpiar… En los subterráneos de Buenos Aires, se puede leer debajo de los grandes murales: “Cerámicas Cattaneo. 1939”. ¿De acá han salido esas maravillosas imágenes, plasmadas en la arcilla? No puedo saberlo. La Fama estuvo antes en Chacarita y luego se mudaron a Villa Adelina. No conozco a nadie que pueda asegurarme en que año fue la mudanza. Sí recuerdo porque aún los conservamos con mi madre, son las teteras, las lecheras, las cafeteras, los bols, de hermosa cerámica esmaltada. Entrar a la fábrica "La Fama" (Thames entre Lamadrid y Curupaytì) era zambullirse en un mundo mágico color sepia. Las montañas de arcilla, los galpones, los hornos. Todo rodeado por un murallón que hacía misterioso el lugar. Y los camiones entrando y saliendo, y algunas calles cercanas, de tierra aún, cubiertas de moldes de yeso rotos, para que las lluvias no las hagan intransitables. Hoy el lugar está ocupado por un colegio. Pero la entrada se conserva, si la memoria no me falla, como era entonces. Sólo que, al transitar por sus veredas no se siente ya el calor de los hornos, desde sus paredes de ladrillos y a las seis de la mañana, el sonar de la sirena llamando al trabajo…

De Mónica Pastorini- Fecha: 26/12/2009
http://www.ciudadvillaadelina.com.ar/index.php?seccion=relatos

viernes, 11 de diciembre de 2009

Mail de Ana María Boado

De: Ana Boado
Fecha: 10/12/2009 08:34:14 p.m.
Para: tere.mig@hotmail.com
Asunto: Hola Tere !!

Como estás, qué emoción, cuántos recuerdos, esto me encantó y comencé a buscar fotos. Encontré las que adjunto para incorporar a este archivo tan importante.

En una como verás está mi papá con Héctor Mascitelli en su negocio de Zapatería Fénix,




también te envío la de mis quince años, donde te vas a encontrar con Estela y los hermanos Oliva, los hermanos Steiner, Muñeco, Osvaldo Camurati, los Intorno, Marta Echenique, Carlos Fernández, los hermanos Fama, y otros que lamentablemente no recuerdo el nombre, pero todos eran de Villa Adelina.

Y en la otra para homenajear al Cine Teatro Mayo el programa de un festival de las hermanas Luengo.



En realidad fueron ellas quienes me avisaron de esta página y como verás quise aportar mi granito de arena.

Recuerdo cuando íbamos en barra al cine los sábados y luego volvíamos caminando, tocando timbres...!!!!

Les mando un beso y los felicito por este blog... fue una idea brillante.

Hasta pronto.

jueves, 29 de octubre de 2009

Villa Adelina en la Federación

La Junta de Estudios Históricos de Villa Adelina se incorporó a la Federación
El pasado 20 de agosto nació la Junta de Estudios Históricos de Villa Adelina. Dicha institución solicitó el 15 de octubre su incorporación a la Federación de Entidades de Estudios Históricos de la Provincia de Buenos Aires. El 24 de octubre, en el marco de la jornada de historia en El Talar, las autoridades de la Federación presentaron a integrantes de la junta ante historiadores de toda la provincia, los que con alegría dieron la bienvenida a los colegas de Villa Adelina.

Integrantes de la Junta de Villa Adelina

Historiadores de Villa Adelina junto al presidente de la Federación


Delegación de Villa Adelina en El Talar
Miguel A. Lafuente