No debe de haber sido fácil decirle adiós a París, malvender sus
propiedades ahogados por las deudas, desarmar ese enorme departamento, embalar
en baúles todos sus objetos personales, alfombras, tapicerías y cuadros y
despedirse de los pocos amigos que les quedaban.
Partieron rumbo a la Argentina tan amada por Bernardo Ader acompañados de todos sus recuerdos, incluidas las esculturas tamaño natural abandonadas por Lucho en su huida.
Partieron rumbo a la Argentina tan amada por Bernardo Ader acompañados de todos sus recuerdos, incluidas las esculturas tamaño natural abandonadas por Lucho en su huida.
Se instalaron en Villa Ballester, en la vieja y semidestruida casa
colonial junto a la Torre Ader. Pasar del refinamiento del departamento en el
57, Avenue Kléber a la austera
construcción llena de goteras, compartiendo entre diez personas un baño que no
funcionaba, sin personal de servicio, en medio de un campo lleno de cardos y yuyos custodiado por una torre fantasmagórica, debe haber sido todo un shock
para la familia europea.
Me contaba mamá que no pasaba ni una sola mañana sin que Elisita se
encaminara con paso enérgico hasta la habitación de sus padres para, en medio
de crisis nerviosas, fustigarlos y echarles culpas por la triste suerte corrida
por todos.
Pero poco a poco se fueron adaptando. Domingo, arquitecto, comenzó a
arreglar la vieja casona para hacerla más vivíble, cortaron el pasto, plantaron
rosales y miraron el futuro con esperanza.
La vida continuaba. Algunos sueños habían quedado atrás, otros nacían.
Villa Ballester (*)
Contemplando a su marido infartado, Anita Ader comprendió que le tocaría
a ella timonear el barco. Lejos de amedrentarse, sintió fluir adentro toda la
carga genética de Bernardo Ader. Fue una verdadera ebullición energética que la
impulsó, como un resorte, a diseñar una estrategia inteligente para administrar
el capital que todavía le quedaba.
Le pidió a su yerno Domingo que la acompañara al Banco Nación a
solicitar un crédito. Y así comenzó un loteo alrededor de las diez hectáreas
que se guardaría la familia como espacio para vivienda y esparcimiento.
Con el dinero que entraba de la venta de los lotes se fue arreglando la
casa, el jardín, se hizo una cancha de tenis para mantener entretenida a la
descendencia y sobre todo a los yernos, se pintó la torre y, como un milagro,
la metamorfosis alcanzó a ese gran potrero abandonado y descuidado dando paso a
un jardín con quinta de frutales, avenidas de cedros y eucaliptus, una gran
pileta de natación, rosales y hasta caballos para pasear.
El esfuerzo por reacomodar la situación tanto económica como familiar
tuvo un gran costo para la salud nerviosa de Anita, que rechinó durante unos
cuantos meses, pero a medida que se transformaba el parque también se
aquietaban los ánimos, los malos ratos, las decepciones y las incertidumbres,
dando lugar a la esperanza y la alegría.
Y la Torre Ader que Bernardo alguna vez había soñado, y los proyectos
que la tristeza y la muerte habían interrumpido, renacieron con toda la fuerza
en la familia otra vez reunida, en las risas de los bisnietos, en los nuevos
sueños siempre peregrinos.
Mamá y Eliane, mi tia y madrina, coincidieron, cuando me contaron, que
su infancia y adolescencia en Villa Ballester fue una época de gran felicidad.
Recién llegados de Francia no hablaban ni una sola palabra de
castellano, así que los primeros años no fueron al colegio, estudiaban con una
profesora particular e iban a fin de año a Buenos Aires a dar los exámenes para
pasar de grado.
Más tarde, la integración en los colegios no fue fácil. La educación
europea de los chicos, tan diferente, ponía un abismo entre ellos y los demás.
A mi tío Luis, en el Marín, fue tanto lo que los compañeros lo burlaban que su
madre tuvo que cambiarlo al Champagnat.
A mamá le pasó algo parecido. A su primera fiestita de cumpleaños, para la cual
Mambela había llenado la casa de globos y guirnaldas, preparado exquisiteces y
regalitos para la salida, no vino ni una sola invitada. Se ve que llegar a
Villa Ballester era lejos y complicado y los lazos de amistad todavía no se
habían forjado.
Mamá me contó que recordaba con muchísimo cariño a la madre Clara,
directora de L'Assomption, su
colegio. Clara la llevaba con ella y le enseñaba a tocar el piano para que se
olvidara de sus tristezas y soledades.
Más adelante las cosas fueron cambiando y aprendieron a moverse en esas
tierras que, poco a poco, dejaron de ser tan extrañas y la gente menos
distante.
Pero lo que más les gustaba era terminar el día de colegio y que el
chofer los llevara de vuelta a Villa Ballester. Ahí, libres de las adaptaciones
forzosas que tanto les costaban, recuperaban su vida familiar que los contenía
y tranquilizaba.
Mamá, Eliane y Luis, parejos en edad, crecieron compartiendo todo tipo
de experiencias, risas, peleas, reeonciliaciones, juegos, secretos, cabalgatas,
charlas, tenis. Leían muchísimo, sobre todo en las horas de la siesta y el
espacio de lectura funcionaba en lo alto de una hilera de cinco perales donde
se trepaban, cada uno al suyo, mamá, Eliane, Luis, Dominique y Cristina. Esos
eran los caminos de antaño para cultivar la mente y el espíritu.
Y la vida discurría apaciblemente, con algunas interrupciones, como Luis
tirando desde lo alto de la Torre a unos gatos metidos en una bolsa, como
Dominique manteniendo con fuerza la cabeza de mamá debajo del agua en la pileta
casi hasta ahogarla, para que dejara de jorobarla, como Eliane que, al ponerse
el traje de baño, le saltó una araña peluda al cuerpo y salía corriendo desnuda
a esconderse detrás de un eucaliptus, llamando a gritos a su hermana para que
le trajera la ropa. En fin, recuerdos que se filtran y burlan el paso del
tiempo.
Villa Ballester se convirtió más tarde en lugar de encuentro. Los amigos
llegaban desde Buenos Aires hasta la estación Carapachay y allí los iban a
buscar para pasar el día en la quinta.
Para mamá fueron años muy felices, atrás habían quedado las angustias de
la vida en París y la huida de su padre, a quien adoraba.
Bernardina tuvo dos hijos más en la Argentina, Bernardo y Juan José.
Poco a poco, como consecuencia de la venta de los lotes y del desarrollo urbano que avanzaba, Villa Ballester se fue convirtiendo en un barrio de fábricas que comenzó a estrangular la vida de la familia en la quinta.
La diferencia estaba a ojos vista. Por un lado un lugar fabuloso de diez
hectáreas donde se vivía “a lo rico” y por otro un rosario de humildes casas
obreras alrededor, observándolo todo. Obviamente iba a ser difícil mantener ese
esquema de vida.
Cuando comenzaron las agresiones, algunos piedrazos arrojados contra los
chicos que paseaban a caballo y ciertos robos, la familia decidió mudarse a la
ciudad de Buenos Aires.
Todo parecía haberse solucionado. Si bien no se llevaba demasiado bien
con su madre, su papá había vuelto, ya nunca más la abandonaría, y en la quinta
estaban sus primos, sobre todo Eliane, que siempre fue como una hermana para
ella, su queridísimo hermano Luis y sus tíos y abuelos para compartir la vida.
(*) léase "Villa Adelina"
(seguiremos publicando partes del libro "Río Abajo" en futuras entradas)
(*) léase "Villa Adelina"
(seguiremos publicando partes del libro "Río Abajo" en futuras entradas)