martes, 23 de enero de 2018

El Sabor de la Pasión

La capacidad de sentir, reconocer y expresar un muy amplio espectro de emociones, desde las más burdas a las más refinadas -que es en definitiva lo que caracteriza a un buen actor-, no puede desarrollarse con nobleza ni irradiar un efecto conmovedor sobre el público si no hay un amor y un disfrute intensos del oficio por parte de quien lo ejerce. "Dos tablas y una pasión" han definido siempre los ingleses al teatro. Roberto Carnaghi, uno de los actores más talentosos de la Argentina, pertenece a esa raza de intérpretes atravesados por la pasión tiene más de cuarenta años de trabajo sobre los escenarios, en la televisión y el cine y nada puede mermar su sanguíneo entusiasmo, su disposición a enfrentar al toro cada día con la misma energía que desplegaba allá en sus comienzos en San Isidro, cuando se inició con 17 años en el teatro de una Escuela de Comercio dependiente de la municipalidad del partido. Tal vez esa exuberancia le venga en parte de la cepa italiana que le trasfundió su padre -y en verdad su histrionismo hace recordar a menudo al de actores como Sordi o Gassman-, pero igual ardor podría reclamar para sí la vertiente española de su prosapia, que procede de la madre. En todo caso, la mezcla ha dado en este caso un excelente resultado. 

Pero, sin perjuicio de la impronta genética, el amor por la interpretación que manifiesta Carnaghi es un típico caso de apasionamiento desarrollado sobre el propio campo de pruebas de la experiencia, porque, como confiesa con esa franqueza y simpatía que lo acompañan a toda hora, no hubo en el niño que fue uno de esos actores en cierne que esperan ser descubierto por el ojo avizor de un experto. No, él califica su incorporación al teatro como una casualidad, uno de esos clásicos encuentros a ciegas en los que no puede anticiparse lo que va a ocurrir.


A la edad que ingresó al teatro ya trabajaba en Grafex, una empresa que fabricaba los cuadernos Gloria, Éxito y otros objetos escolares. Ganaba bien y sabía que, de continuar en la firma, como ocurría por entonces, hubiera llegado a un puesto gerencial del que se habría jubilado a la edad correspondiente. Pero no estaba conforme con su probable destino. Le gustaba mucho leer, oír buena música y comprarse libros de pintura y tenía la ilusión de encontrar para su vida un proyecto distinto. Fue en esa instancia de insatisfacción que un amigo de Villa Adelina -localidad a la que se mudó a los 4 años, después de haber nacido en AveIlaneda, cerca del Mercado Viejo- le propuso ingresar a un teatro escuela de San Isidro. La idea era formar gente en esa entidad para ir montando espectáculos en estaciones, plazas o villas de emergencia de la zona, como la famosa Cava. En esos lugares juntaban cientos de personas por función los fines de semana. Era entre los años 1959 y 1960.

Al principio no actuó. Como era hijo de un carpintero milanés que sabía trabajar con habilidad la madera aprovecharon los conocimientos que había aprendido junto a su padre. Pero poco a poco se fue acercando a la actuación. La primera obra en que intervino fue en El herrero y el diablo, obra de Juan Carlos Gené inspirada en un capítulo de Don Segundo Sombra, novela de Ricardo Güiraldes. Hacía el personaje de San Pedro, que en esa versión vestía de gaucho. A esa altura, la escuela teatro ya tenía una sala con 300 asientos que había entregado la municipalidad, ubicada en lo que hoy es el Juzgado de San Isidro. Recuerda entre sus compañeros de esa época a Aarón Korz, Hugo Midón, Roberto Perinelli, María Julia Bertotto. Entre los directores que contó el grupo estuvieron Osvaldo Demarco, Hubert Haroldo Copello y Camilo Da Passano, con el que actuó en la obra En familia, de Florencio Sánchez.

 

Da Passano, quien desde el principio le vio condiciones de actor, fue el que le aconsejó ingresar a la Escuela Nacional de Arte Dramático, paso que dio en 1963. Allí estudió los cuatro años que duraba la carrera y tuvo a profesores tan relevantes como Fernando Labat, Osvaldo Bonet, Maria Rosa Gallo, Alfredo Alcón, Ernesto Bianco, Enrique Ryma, Saulo Benavente, Luis Diego Pedreira y Néstor Nocera, de quien dice que "sus clases eran una misa". En el verano de 1966, faltándole un año para terminar la carrera y ya totalmente convencido de que sería actor -porque hasta comienzos del segundo año no se sentía aún muy seguro-, fue convocado para trabajar en Los batifondos de Chioggia, pieza de Carlo Goldoni realizada en El Botánico. "Hacía un pescador que decía tres bocadillos. Más que nada me necesitaban, a mí y a otro muchacho, para que moviéramos los carros en escena. Pero fue mi debut profesional, el que me permitió ganar mis primeros pesos con el teatro", evoca con cariño. 

EI primer personaje importante en la nueva etapa y con el Grupo del Sur fue bajo la dirección de Carlos Gorostiza en EI mundo de Schoilem Aleijem. Más tarde en el ABC participo de la comedia Qué tal te trata la vida. Allí lo vio Carlos Gandolfo, quien lo invitó para que trabajara en Salvados, una pieza de Edward Bond que, debido a una prohibición del gobierno de Onganía, duró sólo unos días en cartel. En el Conservatorio, Carnaghi se había formado en los métodos más clásicos de la actuación y nunca renegó de esa preparación que le proveyó de instrumentos muy útiles en distintas épocas de su carrera. Pero, ingresar en la constelación creativa de directores como Carlos Gandolfo, Agustín Alezzo, Augusto Fernandes y otros, que constituían claramente la veta más renovadora del teatro argentino, lo llenó de una inmensa alegría.

"Fue tanto mi entusiasmo cuando me llamo Gandolfo que dejé Luces de Bohemia, que se representaba en el Cervantes -cuenta-. Allí hacía de soldado tres o cuatro, no sé, pero ganaba un sueldo que me permitía sobrevivir. Ya estaba casado y tenía mi primer hijo. Pero, mi deseo de construir un nuevo horizonte actoral pudo más y me arriesgué. Mis amigos de entonces me decían que estaba loco, que podía quedarme sin trabajo en poco tiempo y que apenas si iba a ganar plata. No les faltaba razón. Salvados duró apenas unos días, pero esa decisión hizo que me internara en un camino distinto, más rico en muchos aspectos. En ese instante, como en otros de mi vida, primó la pasión. Y frente a ella no dudé".

Con Gandolfo, Carnaghi estuvo unos tres años. En 1970 trabajó por primera vez en el Teatro San Martín en Romance de Lobos, de del Valle-Inclán, bajo la dirección de Alezzo y con un elenco de lujo: Alfredo Alcón, Milagros de la Vega, Hedy Crilla, Fernando Vegal. Interpretaba un papel pequeño y lo acompañaban en papeles similares Leonor Manso, Antonio Grimau y otros intérpretes que también estaban en los comienzos de su carrera. Luego, intervendría en El enemigo del pueblo, de Ibsen, en la versión dirigida por Roberto Durán e interpretada por Ernesto Bianco, Héctor Alterio y Osvaldo Terranova. Entretanto, y para sobrevivir en los tiempos donde la profesión de actor dejaba baches y paréntesis, vendía libros. Antes o después de eso, y como lo relató en otro reportaje, vendió también perfumes. "Cuando nació mi hija Paula, la segunda de mis tres hijos, yo tenía proyectos para hacer televisión, teatro y una película, y en diez días se cayó todo. Estuve seis meses sin trabajar, hasta que un amigo me ofreció vender artículos de perfumería. Y, por supuesto, acepté. Ahora que lo pienso, podría haberme quedado en esa empresa (risas). Ganaba bien, pero se impuso el amor al teatro".

Por esos años de saltos y discontinuidades trabajó también con Onofre Lovero, Virginia Lago y Héctor Gióvine en una comedia musical política, La murga, de Pedro Orgambide, que debió ser levantada ante una amenaza de la Triple A de volar el teatro donde se montaba. Con los mismos actores y Durán actuó en Tío Vania componiendo el personaje de Teleguin. Por esa época, y alentado por Alberto Ure, comenzó además a hacer distintas publicidades y se hizo una cara conocida en la televisión.

Lo que siguió casi enseguida son los dos años en la revista del Maipo junto a Alberto Olmedo, Jorge Porcel, Ethel Rojo, Tristán, Adolfo García Grau, Osvaldo Pacheco. Hay una verdad indiscutible: Roberto Carnaghi ha sido siempre un artista de hacer apuestas fuertes. A pesar de interpretar en su carrera toda clase de grandes autores en comedia, drama o tragedia -Shakespeare, Chejov, del Valle-Inclán, Brecht, Ibsen, Shaw y otros, entre los clásicos, nunca le sacó el cuerpo a las obras de comicidad más ligera. Su participación en estos días en una obra como La jaula de las locas, que le cae como anillo al dedo a su formidable histrionismo, es un ejemplo de ello. Cuando otros actores, por prejuicio o por falta de ductilidad, no se adscribían a ese género, él lo recorría con plenitud y tratando de disfrutarlo con todos los sentidos. "No me arrepiento para nada de una experiencia como la del Maipo -dice-. Es posible que los textos de esas revistas fueran de mala calidad, pero el trabajo que hacían los cómicos para hacer reír al público, para crear situaciones graciosas, era realmente muy profesional. Se aprendía mucho viendo cómo esa gente se relacionaba con la platea. A mí el pasaje por ese género me dio mucho training".

Es evidente que a Carnaghi le tiraba sin embargo el otro teatro, porque podría haberse eternizado en la revista y no lo hizo. Ni bien le apareció una nueva propuesta en el San Martín dejó el Maipo y se fue a trabajar con Gianni Lunadei y Miguel Ligero en una obra de la Comedia del Arte, ganando sólo la mitad de lo que percibía en la sala de la calle Esmeralda. A ese episodio laboral, le siguió en el mismo teatro una hermosa experiencia en el Cyrano de Bergerac junto a Ernesto Bianco. En la versión que interpretaba este actor -fallecido por ese tiempo- hizo de un poeta y un personaje llamado Montfleury. AI año siguiente, al ser Bianco reemplazado por Enrique Fava, compuso el Ragueneau. Fue después de esa labor que Kive Staiff lo convocó, entre 1977 y 1978, para el elenco estable del teatro en donde estuvo hasta 1990, año en que ese cuerpo fue disuelto por Emilio Alfaro. Su última actuación en ese periplo por el teatro municipal tuvo lugar en Morgan, una obra de Griselda Gambaro en la que tuvo a su cargo el protagónico.


Mientras estuvo en el elenco estable trabajaba también con Tato Bores, con quien colaboro en once temporadas de televisión haciendo distintos personajes que le dieron una enorme popularidad, entre ellos aquel famoso corrupto capaz de venderse en cuestión de segundos al mejor postor. Al San Martín volvió sobre finales de la década del noventa y a partir de esa fecha actuó en infinidad de ocasiones: La resistible ascensión de Arturo Ui, Discepolín y yo, La profesión de la señora Warren, Rey Lear y otras. El trabajo en la obra de Bertolt Brecht le valió un ACE de Oro. La actualidad lo muestra a Carnaghi en un tramo particularmente brillante de su carrera y de absoluta versatilidad. A sus celebrados y recientes trabajos en televisión -esa perla que fue el mayordomo de La niñera y el Lisandro de Montecristo, agregó en teatro su Gloucester en Rey Lear- muy elogiado por la crítica, a diferencia de la puesta de Lavelli- y el actual Albino de La jaula de las locas. Las obras de teatro en las que intervino Carnaghi en su carrera superan las sesenta.

No reniega del éxito, pero como todo nombre inteligente sabe que el oro de hoy puede ser el barro de mañana ya que la estabilidad no es el rasgo dominante en el gremio de actores, uno de los que más desocupados tiene. Lo que más le gusta de su actual etapa -más allá de ejercitar con todo el oficio y en cuerdas tan distintas y gratificantes- es la posibilidad de ofrecer con su trabajo miradas que puedan enriquecer el análisis de la realidad. La pasión de Carnaghi por su profesión no es un sentimiento egoísta que se consume en su propio fuego, es un rasgo de su personalidad que alimenta también una fuerte sensibilidad social, una preocupación por lo que le ocurre a los demás.

Refiriéndose al personaje de Lisandro comenta: "Lo que me gusta del trabajo en la televisión es la posibilidad que da de hacer crecer a un personaje. En casi 150 capítulos como tuvo Montecristo, pude probar mucho e ir cambiando la dimensión del Lisandro. De entrada hablé con los autores y les dije que quería hacer un personaje pleno de matices, no un malo a ultranza, un malvado estereotipado, porque creo que eso no le interesa a nadie. Lo más inquietante, lo más estremecedor de un torturador y asesino como el que interpreté es que tiene el aspecto de cualquier persona normal, la apariencia de un ser humano como todos. Es un tipo que puede estar sentado al lado tuyo en un colectivo y resultar agradable. Y hasta contarte chistes. Es alguien al que le pueden gustar los chicos y querer a su mujer. El Hitler que nos muestra Bruno Ganz en La caída no tiene aspecto de monstruo, ¿No es acaso un nombre que ama a su mujer, Eva Braun, ya que le caen bien los niñitos de ojos celestes? Bueno, estos tipos siguen estando entre nosotros. Lo bueno de un programa como Montecristo es que puede ayudar a afinar la percepción, a alertar sobre la necesidad de abrir bien el ojo y conocer más a fondo a las personas. Esto es muy importante, sobre todo a la hora de votar o tomar decisiones importantes en la vida, porque de pronto aparece alguien muy simpático y nos olvidamos de lo que fue, de lo que hizo, de que estuvo complicado en cosas muy feas."

"Y esto es fundamental, porque en lo que decidamos en el presente nos va el destino de la sociedad, del mismo modo que en la defensa de la ecología nos va la vida del planeta -añade-. Este es un país al que lo desvalijaron, en el que hay millones de desocupados todavía. Y les va a llevar tiempo reconstruirlo, ¿pero cómo lo vamos a hacer? Cuando se habla de solucionar el tema de la delincuencia, ¿qué medidas pensamos tomar? La delincuencia no se soluciona poniendo más policías en la calle o aumentando el número de coches patrulleros. Se soluciona con trabajo y educación. La persona que carece de futuro desprecia su vida. Entonces, ¿cómo podemos pensar que va a respetar la nuestra? Un chico que está a las tres de la madrugada en la calle y duerme allí, ¿qué pensamos que va a ser, un médico? Tenemos varios millones de personas que están por debajo del índice de pobreza. Y otros cuantos que no viven espléndidamente, sino que oscilan entre la soga en el cuello o una sobrevivencia más o menos tolerable. Los que viven extraordinariamente bien no son más de dos millones. ¿Vamos a dejar que todo esto siga así? Con soluciones parciales no vamos a ningún lugar, necesitamos que se arreglen los problemas de toda la sociedad.

Por eso digo, que mientras trabaje en proyectos que contribuyan a hacer pensar seriamente a la gente me siento mejor como actor. Creo que el sentido de esta profesión está en hacer divertir a las personas -y eso me parece muy saludable, muy bueno-, pero también en hacerlas pensar."

Roberto Carnaghi cuenta que siendo grande se enteró de que su madre, Ernestina Paula, una mujer nacida en Saladillo, había sido en el campo donde vivía una gran jinete. "Sí, la Potola, en las noches de luna salía a cabalgar con el caballo y con un látigo bajaba las perdices que después llevaba a la casa", le contaba una tía suya al actor. La imagen de esa certera cazadora, moviéndose nocturna y grácil como una gasa al viento, es fuerte y acude con frecuencia a la mente de Carnaghi. El látigo con el que cualquier actor atrapa la vida es su imaginación, esos ojos alucinados de la mente con los que penetra en las intimidades de otras almas, las hace suyas recreándolas y las ofrece al público para que las mire de otra manera. Con más profundidad o más poéticamente, que después de todo de eso trata el arte. Eso hace Carnaghi como actor apasionado. Y del otro lado del escenario, se lo agradecemos.

Alberto Catena
Fotos: Gisele Romio

(en Revista Cabal-Mayo/Junio 2007-Pág. 22/25)

viernes, 19 de mayo de 2017

San Isidro - Los colectivos

En 1935 se inauguró la línea 24 con un recorrido inicial sólo local, que iba de San Isidro a la Estación de Villa Adelina. No hay dudas que entró pisando fuerte al empezar su actividad con 40 coches, un parque excepcional para la época, y un recorrido tan corto, pero poco después lo alargó llevándolo desde las Barrancas de San Isidro hasta las de Belgrano.

Cambió su número, que pasó a ser el 230 y también su denominación, convertida en "La Primera de Munro", que era una de las localidades de su recorrido. Después se extendió hasta el centro, cambió nuevamente su número, para ser la 130 actual. También anuló el tramo de Boulogne a las Barrancas de San Isidro e incluyó un ramal por el Acceso Norte, con lo cual no queda ya relación alguna con la 24 inicial.
 
La línea 2, que también salía (y sigue saliendo) de San Isidro para ir hacia la capital por la antigua Avenida Aguirre, hoy Libertador, pasó a ser la 68 en 1937.
 
Poco a poco empezaron a entrar a San Isidro líneas de distinta procedencia sin terminal en el Partido. La Panamericana es la principal vía de comunicación en este sentido. Las empresas locales también se extendieron hacia afuera, y no hay ya ninguna que limite sus recorridos sólo al área de San Isidro. La última que quedaba -era la antigua 7, desprendida de la 8, luego 707, "General San Martín", que hoy está ramificada en tantos recorridos indicados por carteles de distinto color (verde, azul, blanco, rojo y amarillo) que le quedan ya pocas alternativas dentro del clásico sistema "cartelito de colores". Además, agregó nuevos números de concesión al 707 original. La otra parte de la 8 también cambió, transformada en 333 y con recorridos distintos, pero ésta heredó el color original y conservó su título: "La Primera de San Isidro".
 
La estación de Martínez fue en su momento una terminal que concentró más líneas de colectivos que cualquier otra estación de San Isidro, y lo curio­so es que casi todas -si no todas­- llevaban a los mismos barrios. La 2, la 5 y la 6 llegaban a la extinta Squibb o su vecina Sono Film. La 1 no andaba lejos. De ella subsisten hoy la antigua 5 (hoy 234) y la 1, (314), todas con recorridos amplios y diversificados.
 
De las empresas veteranas de los años 30, la 4, "Labor", hoy absorbida por la 343 (ex 1), que iba hasta Liniers, tenía unos vehículos distintos, unas mi­niaturas de ómnibus. La 1, luego 143, y ahora 343, se inició en 1935 yendo al mismo punto pero su terminal no es­taba en San Isidro sino en el Tigre. La 4 conservó siempre sus colores originales, azul y rojo, no así la 343, que nació negra y blanca pero desde tiempo cambió por azul y negro con ribetes blancos conservando su nombre primitivo de "Compañía Noroeste".
 
En 1950 se habilitó en el Partido, con terminal en las avenidas Centenario y Márquez, la "Costera Criolla", como se le sigue llamando a la línea que es "Transportes La Plata", ex 10, actual 338, que en sus primeros tiempos tuvo muchas dificultades para cumplir un servicio que era deplorable por tres razones concurrentes: la empresa tenía sólo 16 coches (muchos siempre fuera de servicio) para un recorrido tan largo como es el de La Plata y sin puentes sobre las vías ferroviarias (5 barreras, sólo hasta Morón). Sus frecuencias de salida no bajaban, por horario, de los cuarenta minutos entre servicio y servicio, pero normalmente había que esperar que llegara el primero para embarcar. Para peor el plantón se hacía a la intemperie, porque ni un miserable refugio protegía al pasajero. Se llamaba entonces "Reconquista".
 
Los colectivos cambian de número, de recorrido, de color y de propietarios. Las líneas se fusionan, se amplían o desaparecen. El tiempo, la técnica y las necesidades los han hecho inmensos. No queda hoy más que el recuerdo de aquellos modestos Chevrolet de ocho pasajeros sentados y algunos agachados (nunca parados, salvo que fueran ena­nos) que paraban a mitad de cuadra o esperaban al rezagado que venía a la carrera para no perderlo, y los días de lluvia hacían de cualquier puerta una parada.
 
Pedro Kröpfl en su libro "La Metamorfosis de San Isidro"

viernes, 12 de mayo de 2017

La Batalla de los Hornos

"A principios del siglo XX, la zona de Villa Adelina era parte de una campiña escasamente habitada. Las tierras pertenecían a los ingleses de la Compañía Argentina Tierras del Norte.
 
En 1903 se autorizó que Ferrocarril Central Córdoba -una empresa de capitales británicos fundada en 1887- se fusionara con el Central Norte Argentino - que operaba una línea férrea entre Córdoba, Tucumán y Salta- y que extendiera sus rieles desde la ciudad de Rosario hasta Villa Adelina.
 
El 29 de marzo de 1909, fecha que los estudiosos de la región consideran como la jornada fundacional de Villa Adelina, se detuvo el primer tren traccionado por una locomotora a vapor proveniente del sur santafecino. Transitoriamente, la flamante estación se convertía también en terminal de ese ramal, mientras se continuaba con el tendido de vías hacia Retiro. El 1º de mayo de 1912 fue abierta al público y se consumaba la unión de los ramales del norte con los puertos de Buenos Aires y Rosario. La línea de trocha angosta alcanzaba una extensión de casi dos mil kilómetros [5].
 
Una serie de problemas financieros, y la coyuntura internacional desfavorable para los intereses imperiales británicos, propiciaron la propuesta empresaria de venta de la línea férrea al estado argentino, que se concretó en 1939. Así, la estación pasó a formar parte de la Línea Norte del Ferrocarril General Belgrano.
 
Como consecuencia de la llegada del ferrocarril, la aldea rural escasamente poblada comenzó a crecer. Uno de los primeros pasos de esa transformación fue el fraccionamiento de las tierras más próximas a la estación.
 
En 1911, la intendencia de Vicente López concedió a la Sociedad Argentina de Tierras del Norte el permiso para lotear los terrenos que eran propiedad de Silvio Ponce de León. En tal autorización, se asignaba al predio la denominación de Villa Adelina.
 
La habilitación de la estación fue el gran incentivo para potenciar la naciente urbanización, generando una sucesión de radicaciones de nuevos vecinos y comerciantes. Estas nuevas familias que se instalaban en la zona en gran medida provenían de la Capital Federal.
 
Además de las actividades agrícolas y de crianza de animales de granja, propias de una campiña próxima a los grandes centros urbanos, comenzaron a desarrollarse algunas manufacturas como la fabricación de ladrillos; los hornos eran emprendimientos familiares que intentaban responder a la creciente demanda de los flamantes propietarios de terrenos. En 1929 se instaló una fábrica de cerámicas, la empresa Salavera, y diez años después comenzó a producir la primera planta de Lozadur.
 
Luego se fueron radicando, casi simultáneamente, una serie de grandes fábricas que aprovecharon el bajo costo de los terrenos para montar sus industrias: como Cattáneo, Costaguta, Productex, Parmalat y Orbis. En los alrededores también se instalaron Di Paolo Hermanos, Bendix, Padilla, Atanor, Tensa, IVASA, Atlántida, Azulejos Decorados, entre muchas otras.
 
Miles de personas se desempeñaban en los establecimientos fabriles de la zona y le dieron un gran dinamismo a la localidad. Los obreros se veían atraídos por el incentivo de radicarse en las inmediaciones de los lugares de trabajo y el movimiento que se generaba en la zona despertó el interés de numerosos comerciantes.
 
Silvio León recuerda sus años de infancia en esa barriada: “mi familia se instaló en los años cincuenta en las cercanías de Lozadur. Los peines de yeso (utilizados para acomodar los platos en las cajas refractarias destinadas a pasar por el horno) y restos de materiales de la fábrica sirvieron para hacer los mejorados de las distintas calles, entre ellos la de la Escuela Nº 7, la más importante de la zona. Los barrios crecían alrededor de las fábricas que se instalaban. Lozadur era una fábrica importante, no sólo absorbía mano de obra del lugar, sino que con los restos se mejoraban las calles. Sólo Ader era asfaltada. Cada familia del barrio ha tenido algún miembro que trabajó en Lozadur”.
 
Villa Adelina y Boulogne comenzaron a perfilarse como una barriada obrera. Al cabo de unos años ya no era tan simple y barato conseguir un terreno para “levantar el rancho” y se fueron desarrollando nuevos círculos concéntricos de flamantes barriadas.

El transporte automotor vino a aportar soluciones para acortar las distancias entre el lugar de residencia y el trabajo. Pero el ferrocarril siguió siendo el medio decisivo de traslado de los trabajadores. Cuando cada mañana la multitud descendía de los trenes, aportaba su singularidad a las estaciones del Ferrocarril Belgrano: las colas que se formaban a la espera del 314 y otros colectivos emitían un bullicio especial, los murmullos y comentarios que se generaban en esos transitorios espacios comunes convertían a esa rutina habitual en un improvisado ámbito de integración social.

El movimiento de los obreros en las primeras horas de las mañana era la pintura típica cotidiana que aportaba su singularidad a las estaciones de Boulogne y Villa Adelina. La sirena que indicaba el ingreso, egreso o descanso del personal de Lozadur era el elemento auditivo que segmentaba cada jornada al vecindario."

Del libro La Batalla de los Hornos, de  Bernardo Veksler (Agosto de 2014)

miércoles, 10 de mayo de 2017

Carapachay-Primeros terratenientes (1a. Parte)

por Arturo Esteban García
 
Gran parte de las tierras de este pueblo pertenecía a don José Norman Drysdale. Lindando con la fracción de este nombre estaban las tierras de don Silvio Ponce de León, que partiendo de la calle Castelli y de la calle Pueyrredón, se extendían hasta Villa Adelina, a ambos lados de las vías del F.C., llegando por el lado norte hasta cerca de la calle ltuzaingó, y hasta la calle Cajaraville por el lado sud. Otras fracciones completaban lo que constituye el ejido del pueblo, pero las dos mencionadas eran las principales y las únicas que bordeaban las vías del F.C..
 
Don Silvio Ponce de León compro su fracción en 1899 a los sucesores de doña Genoveva Domínguez de Molina, fallecida el 17/12/1563 y viuda de don Silverio Molina. Del protocolo del Escribano Nicanor Repetto en escritura del 18/4/1945, extraigo los siguientes datos: una fracción de tierra, situada en el Partido de San Isidro, jurisdicción de la Provincia de Buenos Aires, con una superficie de 349,070 metros cuadrados dentro de los siguientes linderos: al Norte y al Este con Enrique Scherer, por el Sud con Ramón Rivero y Federico Barbará y por el Oeste con Federico Barbará y Diego Carman. Herederos de Doña Genoveva sus hijos legítimos Pantaleón, Silverio, Cecilio, Rosauro, Precedes Alejandra, Juana Josefa y Natalia Molina y Domínguez.
 
La causante y después la sucesión, han poseído y poseen por 40 años las tierras mencionadas, las que Doña Genoveva y después sus herederos han adquirido por prescripción. Parte de las tierras don Silvio las adquirió directamente a la sucesión y la mayor parte por intermedio de don Bernardino Bernal, casado con doña Natalia Molina. El nombrado Bernardino Bernal otorgó escritura de declaratoria, haciendo constar que todos los derechos y acciones que había adquirido de los herederos de doña Genoveva, lo había hecho por cuenta y orden de Don Silvio, a quien pertenecían, así como el dinero entregado a los vendedores, el que acepta dicha escritura que fue otorgada el 14/9/1905 por ante el Escribano de esta Ciudad (Buenos Aires) Don Miguel Díaz, la que fue protocolizada en la Ciudad de La Plata por la que formalizó el Señor Juez de lo Civil y Comercial Dr. Tomas Puig y Lomes el 12/6/1907, por ante el Escribano Don Espiridión Sánchez.
 
La casa quinta de don Silvio Ponce de León (fallecido el 21/3/1937) ubicada casi frente de la estación Villa Adelina, puede aún verse, ocupada por el Club Stella Alpina. Sus herederos, su esposa dona Zoila Wright y sus hijos Epifanio, Aníbal, Raúl y doña María Elvira P. de León de Saborido, fueron enajenando su patrimonio en fracciones y lotes, siendo de las últimas la quinta que arrendara durante muchos años don Cándido Fernández.
 
Transcribo parte de la  escritura del 10/12/1910 del Escribano Juan E. Jones: "Eduardo Scherer vende al nombrado José N. Drysdale una chacra de su propiedad, contado lo en ella existente, ubicada en el Partido de Vte. López, antes el de San Isidro, jurisdicción de esta Provincia...... 80 hectáreas 70 áreas 92 centiáreas, deducidas 19.734 metros cuadrados vendidos al F.C.C.C. extensión a Buenos Aires para la línea férrea que cruza el inmueble lindando por el N. con Aniceto Acosta y José Pisurno, por el E., con Juan Corvera, testamentaria de Antonia Corvera, con la de Miguel Macedo y con Marcial Reyes y por el O. con Diego Carman y con herederos de Genoveva Domínguez. A Eduardo Scherer le corresponde por adjudicación que en mayor área se le hizo en el juicio sucesorio de su señor padre Enrique Scherer, de quien fueron declarados únicos y universales herederos sus legítimos hijos Don Enrique, Don Juan Miguel y el compareciente Don Eduardo Scherer, la esposa de aquel Doña Ambrosia Ferreira de Scherer.
 
A Enrique Scherer y Stengel le corresponde por compra a varios:
 
a) A la sucesión del Dr. Gil José Mendez, vendiendo a nombre de ésta el Juez de Primera Instancia en lo Civil Dr. Luis Belaustegui, según escritura del 16/9/1872 por ante el Escribano de la Ciudad de Buenos Aires Don José N. Vilela. Se trata de una chacra compuesta de 9¾ cuadras cuadradas alambradas y zanjeadas y 20½ sin alambrar (algo más de 50 hectáreas), según un plano extrajudicial de forma irregular y linda por el Norte con Don José Pisurno, por el Oeste con Genaro Rua y Doña Josefa López, por el Sud con Don Agustín Maceda y los herederos de Pico...(1) por el Este con los herederos de Corvera y Don Juan Calcaño, Don Andrés Aprile y otros. Esta fracción es la más grande, y en ella está comprendida la finca colonial que aún puede verse, y que ocupara hasta hace poco Don Agustín Valle, de quien me referiré más adelante. Don Agustín que me facilitara algunos datos aquí consignados, me dijo una vez: -le llamaban la quinta de Méndez-, lo que está confirrnado por lo que luego averiguara.
 
b) A la sucesión de Doña Antonia Corvera una fracción de algo más de 8 hectáreas, según escritura 16/8/1877, otorgada por el Escribano Feliciano Cajaraville.
 
c) A Doña Juana Palacios de Córdova, viuda, Marcelino Córdova y Palacios, soltero, Primitiva Córdova y Palacios, soltera y Carmen Córdova y Palacios casada con Don Juan Antonio Lois, una fracción de 77,940 metros cuadrados, según escritura del 18/5/1883 otorgada por el Escribano Don Manuel Quiroga.
 
d) A Marcial Reyes una fracción según escritura del 7/7/1883 otorgada por el Escribano de Barracas Don Tulio Méndez.
 
e) A Marcelino Córdova una fracción según escritura del 26/7/1883 otorgada por el Escribano Don Manuel Quiroga.
 
A Marcial Reyes le corresponde por compra que hizo a Don Basilio Loaiza, según escritura del 16/7/1858, otorgada por el Juez de Paz de San Isidro.
 
A Doña Juana Olivares de Loaiza y a su hijo Venancio Teodoro les corresponde por herencia de Don Basilio Loaiza, según escritura del 20/3/1872 otorgada por el Escribano Justo Carballeda.
 
(1) No se entiende bien el nombre.
 
Del libro "Historia de Carapachay" - Pág. 20, 21, 22 y 23 (1967).

lunes, 26 de septiembre de 2016

1912-2012: 100 Años de Munro

Homenaje a familias y antiguos vecinos por el Centenario

La menuda figura de Delfina se abrió paso con firmeza, se puso detrás de la mesa y sopló con fuerza la vela plantada en el medio de la torta. A su lado, estaba otro histórico vecino de Munro: Mariano Rodríguez Bruno, de 97 años. Fue en ese momento cuando más de un centenar de personas que colmaron el salón de actos de la Asociación de Socorros Mutuos y Primeros Auxilios de Munro, irrumpió con aplausos y comenzó a cantar el feliz cumpleaños: los 100 años de Delfina del Carmen Rivas, cumplidos el 18 de marzo, y los 100 años de Munro. Una coincidencia centenaria que puso magia al aniversario.
 
Delfina nació en Los Toldos, pero en la época del 30 se radicó definitivamente en Munro cuando todavía había quintas y campos, y donde formó su familia. Rodríguez Bruno forma parte  del tronco familiar del capitán español Domingo de Acassuso y de los Pelliza. Su bisabuelo fue Gregorio Rodríguez, oriundo de las Islas Canarias  llegó a la actual Munro y construyó en 1850 la posta y pulpería conocida como “del fondo de la legua”, en la hoy esquina de Vélez Sarsfield y Mitre.

EL homenaje a las primeras familias y vecinos que forjaron Munro fue organizado por la Asociación Fundadores y Pioneros de Vicente López, que reúne a los descendientes de los primeros pobladores del Partido. La Asociación entregó diplomas conmemorativos y distinguió como socios honorarios a aquellos vecinos de más de 80 años de edad por ser parte de la memoria viviente del barrio.

Al abrir el acto, su presidente, Elaudio Rodolfo Negrete, afirmó que “este reencuentro de generaciones a partir de una historia en común no hace más que ratificar la identidad y el sentido de pertenencia que tenemos hacia el lugar donde nacimos, nos criamos y formamos nuestras familias, dando así continuidad a aquellos primeros hombres y mujeres que soñaron en grande. Este aniversario y este encuentro no hace más que ratificar esa identidad”.
 
Por su parte, Alicia de la Iglesia, integrante de la Asociación, descendiente de una de las familias pioneras de Munro y sobrina de Erolto Gómez, se encargó de presentar a cada una de las familias agasajadas y sus historias. Sostuvo que “gracias  al aporte de rodas estas familias y muchas otras, hoy podemos disfrutar de todo lo que aquellos fundadores y pioneros consiguieron". Recordó la personalidad de su tío, un hombre que formó parte de todas las organizaciones que se establecieron en Munro, colaborando con el progreso y la calidad de vida de los vecinos. También fue el fundador del periódico "Munro". Asimismo, el presidente de la Asociación de Socorros Mutuos y Primeros Auxilios, Mario Gattelli, una de las entidades más antiguas del barrio que el próximo 11 de septiembre cumplirá 85 años, hizo referencia a la importancia del reencuentro de las familias y sus nuevas generaciones.
 
En el transcurso del evento se contaron historias de aquellos años fundacionales del barrio. Por ejemplo, la de Alfredo Godoy quien en 1919 fue el primer jefe de la estación de tren y el primero en lotear las tierras adyacentes que eran del ferrocarril inglés. Su nieta, Noemí Godoy, representó a la familia al recibir el diploma de reconocimiento. También se recordó el origen de Ia familia Divano, antiguos quinteros que se instalaron antes de la creación del Partido de Vicente López en 1905. Conmovió el relato de los descendientes de Luis Tavella quien llegó en 1890 y más tarde fundara la ahora llamada Escuela Luis Tabella que funcionó, al principio, en el Club Vecinal y Fomento de Munro. Y también emocionó la historia de los inmigrantes genoveses de la familia Aprile. Venéreo llegó de Italia en 1870 y su hijo David fundó la ferretería que todavía hoy sigue atendiendo su hija Mabel, en Vélez Sarsfield al 5.000.
 
Durante dos horas y media se fueron sucediendo los relatos contados por las distintas generaciones de aquellos pioneros que hicieron historia en estos 100 años, desde de los tiempos del comienzo del ferrocarril, el trabajo de los quinteros, el desarrollo del cine nacional en los estudios "Lumiton", la transformación del barrio como polo industrial, comercial y urbano que dio fisonomía al Munro pujante de nuestros días.

Por último, se hizo un sentido homenaje José Giménez, nacido en Munro y fallecido hace poco tiempo, quien trabajara mucho por la cultura del barrio y fuera querido por todos por sensibilidad y su forma de ser. De su personalidad y calidad humana hablaron sus amigos Alberto Expósito y Oscar Fasano, en tanto que su esposa Margarita y su hijo recibieron el diploma correspondiente.
Entre otras, fueron homenajeadas las familias Quintana, Barrera, Monsell, Godoy, Cassinelli, Olivero Moreno, Batet, Tavella, Divano, Aprile, Rossi, Curti, García Huerga, Clerici, y Bocca-Repetto. Y se dieron distinciones especiales a los vecinos Aurelio Raúl Filippini, Herminia Sarotti, Alfredo Calvo, Julio Montemurro, Silvio Vasallo, Ramón Sarottii, Carlos Alberto López, Julio Bonaguro, Juanita Ortiz, Marta Parodi, Enrique González, Josefina Elsa Oneto, Josefina Victorina Divano y Luisa Adelaida Divano.
(Lucas Viapora en Punto & Aparte-Sociedad-1912-2012: 100 AÑOS DE MUNRO-Pág 56/57) 

sábado, 13 de agosto de 2016

Tierras de Silvio Ponce de León

Gran parte de las tierras de este pueblo pertenecía a don José Norman Drysdale. Lindando con la fracción de este nombre estaban las tierras de don Silvio Ponce de León, que partiendo de la calle Castelli y de la calle Pueyrredón, se extendían hacia Villa Adelina, a ambos lados de las vías del F.C., llegando por el lado norte hasta cerca de la calle Ituzaingó, y hasta la calle Cajaraville por el lado sud. Otras fracciones completaban lo que constituye el ejido del pueblo, pero las dos mencionadas eran las principales y las únicas que bordeaban las vías del F.C.

Don Silvio Ponce de León compró su fracción en 1899 a los sucesores de doña Genoveva Domínguez de Molina, fallecida el 17/12/1863 y viuda de don Silverio Molina. Del protocolo del Escribano Nicanor Repetto en escritura del 18/4/1945, extraigo los siguientes datos: una fracción de tierra, situada en el Partido de San Isidro, jurisdicción de la Provincia de Buenos Aires, con una superficie de 349.070 metros cuadrados dentro de los siguientes linderos: al Norte y al Este con Enrique Scherer. Por el Sud con Ramón Rivero y Federico Barbará y por el Oeste con Federico Barbará y Diego Carman. Herederos de Doña Genoveva: sus hijos legítimos Pantaleón, Silverio, Cecilio, Rosauro. Precedes Alejandra, Juana Josefa y Natalia Molina y Domínguez.

La causante y después la sucesión han poseído y poseen por más de 40 años las tierras mencionadas, las que Doña Genoveva y después sus herederos han adquirido por prescripción. Parte de las tierras don Silvio las adquirió directamente a la sucesión y la mayor parte por intermedio de don Bernardino Bernal, casado con doña Natalia Molina. El nombrado Bernardino Bernal otorgó escritura de declaratoria, haciendo constar que todos los derechos y acciones que había adquirido de los herederos de doña Genoveva, lo había hecho por cuenta y orden de Don Silvio, a quien pertenecían, así como el dinero entregado a los vendedores, el que acepta dicha escritura que fue otorgada el 14/9/1906 por ante el Escribano de esta Ciudad (Buenos Aires) Don Miguel Díaz, la que fue protocolizada en la Ciudad de La Plata por la que formalizó el Señor Juez de lo Civil y Comercial Dr. Tomás Puig y Lornes el 12/6/1907, por ante el Escribano Don Espiridión Sánchez.
 

La casa quinta de don Silvio Ponce de León (fallecido el 21/3/1937) ubicada casi frente a la estación Villa Adelina, puede aún verse, ocupada por el Club Stella Alpina. Sus herederos, su esposa doña Zoila Wright y sus hijos Epifanio, Aníbal, Raúl y doña María Elvira P. de León de Saborido, fueron enajenando su patrimonio en fracciones y lotes, siendo de las últimas la quinta que arrendara durante muchos años don Cándido Fernández.
 
Del libro "Historia de Carapachay" de Arturo Ernesto García-1967

miércoles, 29 de junio de 2016

Juan Carlos Bertucci y familia

La familia Bertucci llega a Villa Adelina con motivo de periódicas visitas realizadas a la familia Armellino, amigos que tiempo atrás habían sido vecinos en la calle Emilio Zola, del barrio de Palermo, Capital Federal.
 
Luis Armellino y familia habíanse establecido en el barrio con anterioridad, siendo Don Luis quién tuvo uno de los primeros coches de alquiler con parada en la zona oeste de la estación ferroviaria.
 
Las sucesivas visitas a sus ex-vecinos y la creciente simpatía que el barrio les produjo, llevaron a los Bertucci a tomar la decisión de comprar un terreno, lo que se realiza al llegar el grupo familiar en uno de los micros que la firma Romano Larroca había dispuesto para el traslado de los interesados. 
 
Es así que compran su lote con frente a la calle Marcos Sastre (por entonces, Justo P. Ortiz), construyendo allí su casa, la que sería inicialmente ocupada por el comerciante Luis Colombo, quien la habitó en alquiler a Bertucci. 

Por 1951 la familia de Juan Carlos se traslada a Villa Adelina con intención de alquilar temporariamente una vivienda familiar con local al frente, donde instaló su negocio de zapatería que se llamó "Calzados Latour", en Los Fortines 2849 (hoy Paraná). Lo hizo junto a su familia, compuesta por su señora, Fernanda Scaletti,  y sus hijas Teresita, Stella Maris y Alicia. Además, vivieron en la misma casa su cuñada Elsa Scaletti con su hija María Cristina Reynaldo (Pichy). Años después Elsa abrió su propio comercio llamado "Boutique Latour" en Fernández Espiro.
 
 


Juan Carlos venía de tener empleo como vendedor en "Calzados Oriente", de Capital Federal. Es decir que sus conocimientos del ramo, la calidad y precios convenientes, sumado el trato cordial, lo convirtió rápidamente en uno de los comercios más calificados de esa época.
 
Paralelamente a su actividad comercial, el Sr. Bertucci fue co-fundador de la "Sociedad Amigos de la Calle Paraná", entidad que agrupó a buena parte del comercio establecido en dicha arteria desde Comandante Piedrabuena-Manuela Pedraza hasta Primera Junta-Amancio Alcorta, llegando a ocupar el cargo de presidente de la misma.
 
 
 
 
Asimismo, presidió la Comisión Directiva de la "Unión Vecinal de Villa Adelina", en 1965.

 
Miguel A. Moschiar