viernes, 25 de junio de 2010

Umberto Maggiolini

El se llama Umberto (sin H como es usual en Italia) y nació en Villa Adelina, en Lamadrid y Avenida de Mayo, el 5 de marzo de 1916. Es hijo de Ciro Maggiolini y de María Luisa Abriata (de la numerosa familia nacidos en Villa Adelina y Boulogne, van por la sexta generación). El abuelo de Umberto es Guillermo José María Abriata que nació en Sezzadio (en el norte de Italia) el 15 de abril de 1859 (según la partida de bautismo que obra en nuestro poder). Su llegada al país se estima en la década de 1890 (aunque esta información no pudo ser precisada en la Dirección de Inmigraciones).

La señora de Umberto es Nilda Delia Cedro, que nacida en Capilla del Señor, en 30 de julio de 1922, se mudó a Villa Adelina cuando tenía 15 años y vivió siempre en la manzana, donde vive actualmente: Virrey Vertiz, la actual Ucrania, Martín Rodríguez y El Indio. Ella y sus cuatro hermanas trabajaron en Lozadur cuando se abrió la fábrica.

Nilda y Umberto se casaron el 27 de noviembre de 1943.

Umberto está considerado el primer taximetrero de Villa Adelina. Manejaba, a los 11 años, un Ford T mientras el padre estaba en los talleres de Boulogne, donde trabajaba.

Si abundé en información de esta familia, es porque Umberto (y Nilda) son de los más antiguos vecinos de nuestra Villa.
 
Miguel Lafuente.
milafu@hotmail.com

jueves, 27 de mayo de 2010

Añoranzas

Mi nombre es Juan José Rodríguez Benítez. Viví en Villa Adelina diez años, hace 40 años vine a España para hacer la mili, pensé en volver pero me quedé. Viví en Cespedes esquina Ader, el dueño del piso se llamaba René y era el lechero, abajo estaba la tienda del tío Rolón. Luego viví en Las Calandrias 2519. Mi último trabajo fue en Papelera Pacar de Boulogne, haciamos el papel de fumar Smoking. Amigos tenia bastantes pero los más cercanos eran de una familia llamada Alonso que vivían en Ader casi esquina Perito Moreno, los chicos se llamaban  Michel, Nicol, Paqui y Gigí. Enfrente del tío Rolón recuerdo un chico, Antonio, y una hermana peluquera. Entre Cespedes y Los Troperos un bar que vivía el apellido Carrizo. Si sabeis de alguno de ellos su teléfono o e-mail me lo podeis notificar por e-mail? Mi teléfono móvil 676532425 yo lo pago. Muchas gracias, si me escribis ya os contare más cosas.

Juan J. Rodríguez Benítez (Su mail del 26/05/2010)

viernes, 21 de mayo de 2010

¿Balneario en Villa Adelina?

Corría el año 1958. A seis cuadras de mi casa estaba la Laguna de los Patos, en la actual Yerbal y Thames. Allí nos llevaba mi mamá cuando mi padre, Carlos Pastorini, tenía que descansar. Él era quintero y por la noche llevaba con su hermano Pedrito las verduras que cosechaban, al Mercado Dorrego. Por eso la hora de la siesta era sagrada. Para evitar que, con nuestros gritos, llantos, etc. propio de dos nenas de 3 y 4 años, interrumpiéramos el sueño de mi papá, mamá tomaba el cochecito de mi hermana. A ella la sentaba ahí y yo iba parada al costado. Seis cuadras íbamos caminando hasta llegar a la laguna. Desde Thames y Lamadrid aún puede percibirse el declive hacia Yerbal, que en ese entonces estaba cubierto de agua y plantas acuáticas, entre las que se destacaban las flechas de agua.


En sus aguas nadaban patos marrones y alguno blanco, que despertaban nuestro asombro, y aunque sea, por un ratito, nos mantenían entretenidas y expectantes.



La directora de la escuela San Andrés Avelino donde trabajo en la actualidad, Sra. Miguelina D’Andraia, me contó que esas zonas bajas llegaban a lo que hoy es Martín Rodríguez y que su esposo cazaba allí ranas. Cuando llovía con intensidad había más de un vecino que se dirigía en bote hacia las zonas altas. “La isla” era una de esas tierras elevadas, ubicada en lo que hoy es P. Moreno y Martín Rodríguez.

Cerca de ella no era raro encontrar los domingos de verano gente tomando mate y algunas señoras se aventuraban a ponerse la malla, quedando la orilla de la laguna, en la Islita, transformada en un balneario local. Tal es el caso de la Sra. Pirocha, nuera del Sr. Luis Abriata, a quien le fue tomada una foto allí, luciendo su traje de baño.

Con el paso del tiempo esa zona baja se fue poblando de casitas muy modestas. El Dr. Julio Alberto Ghersi solía atender a esos primeros habitantes en forma gratuita, conociendo las necesidades económicas por las que atravesaban.



Yo no sé si la gente compraba los lotes o simplemente los iban ocupando. Lo cierto es que cuando llovía el agua se les metía en las casas, por eso, los más previsores, empezaron a rellenar los terrenos. Transitando Yerbal se pueden ver las casas más altas que el asfalto.

Incluso en algunas de ellas han levantado en las puertas de entrada un pequeño tabique de material para impedir que el agua pase y las casas se inunden. Hablo en presente porque aún hoy, si las lluvias son muy intensas, los desagües no son suficientes, y la zona se inunda, como en los peores tiempos.


Pasaron muchos años hasta que por fin las autoridades, decidieron terminar con las inundaciones en la zona. Recuerdo que muchas veces no podíamos tomar el colectivo 5 (actual 700 rojo) por el nivel de agua que se acumulaba en Thames y Yerbal y zonas aledañas. Construyeron importantes desagües que dieron un respiro a las casas del lugar. Pero la caída natural del terreno persiste y, como ya les mencioné, si cae una intensa lluvia, los desagües no llegan a ser suficientes (pasó en febrero de este 2010).

Ya escribiré sobre otros balnearios, visita obligatoria los días de verano, a orillas del Río de la Plata, en San Isidro y Martínez. Pero quise empezar por este balneario, el de nuestros pagos que, tal vez, muchos de los que aún viven en la zona tuvieron la dicha de conocer, y la mayoría que hoy habita el lugar desconoce.

Mónica Liliana Pastorini

mlpastorini@yahoo.com.ar

miércoles, 19 de mayo de 2010

Club Unión Vecinal de Villa Adelina

El club que conocemos como U.V.V.A. fue fundado el 17 de Enero de 1934 y tiene su origen en la Sociedad de Fomento de Villa Adelina. Tuvo su primera sede social en el Partido de Vicente López, Avenida Ader 4048, lugar donde aún funciona una parte del mismo.

Para la fecha de creación de la Unión Vecinal, ya se habían obtenido algunos beneficios significativos, tales como la distribución de la correspondencia postal a domicilio, y la firme promesa del Sr. Intendente de Vicente López, don José E. Rubio, de colocar en las calles los carteles anunciadores con los nombres de las mismas.

Entre los miembros integrantes de la Comisión Honoraria y Protectora figuraban las Sras. Elisa Schulze de Ader y Ana Elisa Ader de Grümbaum, esposa e hija de Bernardo Ader, que donaron los terrenos en que se levantarían las instalaciones; el Sr. Bocazzi, titular de la empresa constructora Bocazzi y Cía. y el Dr. Raúl Bagnati, que donó elementos para equipar la Sala de Primeros Auxilios. También integraban esta Comisión los hermanos Torralva, el Dr. David Speroni, G. Thompson, O. Bush, A. del Campo Wilson y R. G. Monkman.

A su vez, la primera Comisión Directiva fundadora estaba integrada por Juan Lupi como presidente, Gregorio Cardoso como vicepresidente, Francisco José Vila, J. Camenada y G. Poulsen como secretarios, José Beltrán como tesorero y Elías Abdala como protesorero. Los vocales eran Antonio Álvarez, Andrés Grandal, Alfonso López, J. Gil, Jesús Domínguez, Ángel Liciardone, José Lupi, Carlos J. Correa, Atilio Molteni, Juan López, Juan Palanconi, Vicente Bringiotti y Nicolás Aragone. Como revisores de cuenta y comisión de asistencia médica, Pedro Aróstegui y Francisco Pérez Torres.

A partir del 20 de Marzo de 1934, por gestión de la Comisión Directiva comienza a funcionar la Sala de Primeros Auxilios, cuyo consultorio era atendido diariamente ad-honorem por el Dr. Raúl Bagnati, quien además hacía visitas médicas domiciliarias a bordo de su característico Ford T.

En 1935 la Comisión Directiva de la U.V.V.A. encarga a la Compañía Boccazzi y Cía. la ejecución de la obra del nuevo edificio destinado a la Sala de Primeros Auxilios y a la Biblioteca Pública, siendo donado el esqueleto de hormigón armado a la Institución por la empresa nombrada.


Entre las futuras concreciones anheladas de aquellos años estaban la Plaza Ader y una sala de exhibición cinematográfica, y ambas se lograron. La plaza fue emplazada entre las actuales calles Estrada (Santa Fé), Dean Funes (Triunvirato), Santiago del Estero y Gobernador Castro, en el terreno donado por las Sras. de Ader y de Grumbaum, y en la década del '40 el club ya contaba con un salón donde se proyectaba cine sonoro (el famoso biógrafo) que funcionó como Cine "Libertad".

Al crecer en las distintas disciplinas, se necesitó ampliar la sede del club y se compraron terrenos en Av. Ader 4041/47/57. En 1968 se finalizó la construcción de la pileta de natación. Sus instalaciones contaban con cancha de básquet, bowling, gimnasio, salón de fiestas, cancha de baby fútbol y la Biblioteca Popular "Martín Guemes".



En el año 2007, por Ordenanza N° 25368, se homologa el Decreto N° 1820 del 10 de junio de 2007, por el cual la Municipalidad de Vicente López acepta el préstamo de uso y goce de las instalaciones del Club U.V.V.A. por el término de 30 años, predio ubicado en Av. Ader 4041/47/57, y fue destinado para que funcionara un Polideportivo y la Delegación Municipal Villa Adelina.

Tere Bertucci.

viernes, 26 de marzo de 2010

El pronosticador del tiempo

El cielo a veces límpido, celeste o turquesa, otras con tonos violáceos, rojizos y anaranjados sobre todo al atardecer; otras con nubes caprichosamente divertidas o amenazantes, frías o suaves como el corderito, algodonosas, o como se nos ocurran. Mi mirada puesta ahí, cuando me levanto, cuando me acuesto, mientras voy en colectivo al trabajo, esperando el colectivo en la estación de Villa Adelina o Panamericana, donde el cielo se puede apreciar en su mayor amplitud.


Nací en el mes de junio, por eso soy de géminis, que es un signo de aire. Mucho tiempo pensé que era por eso lo reiterativo de mi mirada. Pero ahora pienso que no.

Los hijos terminamos repitiendo, mal que nos pese reconocerlo, muchas actitudes de los padres, sin ser concientes de ello. A veces son virtudes, otras veces defectos, costumbres, manías, gestos, maneras de caminar, etc. Hoy reconozco que heredé de mi padre el interés por el cielo. No soportaría vivir en un lugar, como esos departamentos de la ciudad de Buenos Aires, desde cuyas ventanas sólo se ven paredes, otras ventanas, y que, apenas, en determinado horario, se filtra algún rayito de sol, que desaparece a los pocos minutos, para seguir su recorrido.

Comienzo a recordar. Eran las seis de la mañana y papá se levantaba y se preparaba para ir a trabajar a la quinta. Mientras la pava se calentaba para cebarse algunos mates, abría la puerta de la cocina, caminaba unos pasos y miraba el cielo. Primero al norte, luego al oeste, al sur y finalmente al este, por donde aparecería esa estrella gigante llamada Sol.

Esa mirada era suficiente para saber si el tiempo sería bueno o no. Y en esos 360 grados, saber de dónde venia el viento, si lo hubiese.

Mirada y tacto, dos instrumentos indispensables para que este quintero, y seguramente como para la mayoría de ellos, pudiera, en ese primer encuentro con el día, organizar sus actividades.

Con buen tiempo se podía arar, sembrar, cosechar. Si amenazaba lluvia no sería necesario regar. Si la idea era sembrar, había que apurarse antes que lloviese. Les vendría bien a las semillas “un golpe de agua”.

Al mediodía después de almorzar, se recostaba un rato y luego se levantaba. Mientras tomaba unos mates abajo del paraíso, sentado en su sillita baja de paja, miraba el cielo. A veces otras señales lo ayudaban a pronosticar el mal tiempo: el perro panza arriba, las gaviotas que volvían al río antes de las cuatro de la tarde, que en invierno es su horario habitual; las golondrinas revoloteando bajito. El decía que si la luna nueva se hacía con agua continuaba el mal tiempo por muchos días. Si el mal tiempo se componía de noche, iba a seguir lloviendo, lo mismo si caía una helada después de una lluvia. Rara vez el pronóstico le fallaba.

Cuando cantaba la rana o el gallo fuera de hora, el tiempo desmejoraba.Cuando era abundante el rocío por la mañana eso era indicio de buen tiempo. Hay que recordar que alrededor del 1960 Villa Adelina, partido de San Isidro, tenia el 98% de las calles de tierra con zanjas donde se criaban los renacuajos de ranas y sapos. La quinta de los Abriata y la gran cantidad de lotes baldíos, permitían ver el horizonte, con la posibilidad de una rica vida silvestre. En el barrio contábamos además con el molino de la casaquinta de Thames y Pedernera que nos orientaba sobre la dirección del viento al igual que las veletas con los gallitos, que muchas casas tenían.

Habían indicadores seguros de lluvia próxima: las chapas del techo secas al amanecer, el viento del este soplando fuerte durante días, el cielo cubierto de nubes como majada de corderitos. En cambio el viento del norte traía seca.

Recuerdo una vez, un cálido día de marzo, que papá se levantó de dormir la siesta y, tras mirar el cielo, anticipó: “se viene una tormenta brava”. Y expresó ahí su preocupación: ese año había dejado varias mergas (parcelas de terreno) de chaucha para semilla. O sea: no había juntado las vainas para vender, sino que las había dejado para que maduren completamente en las plantas, así se aseguraba la provisión de semillas para la primavera, y se evitaba tener que comprarlas.

 
Ni lenta ni perezosa, mi mamá, Antonia Kortebani, se cambió, preparó un bolso con algo para tomar y algo para comer, y también ella rumbeó para la quinta, que quedaba a más de diez cuadras de nuestra casa de Villa Adelina. Eran tierras que Alicia Buffa había heredado de su padre, y que Carlitos Pastorini, mi papá, cultivaba desde hacía bastante tiempo. Primero había estado allí con mi tío Pedro Pastorini, pero luego, cuando el tío decidió dejar la actividad, se quedó él solo con la quinta. El trabajaba, cosechaba, vendía lo que cosechaba, y se repartía con Alicia parte de las ganancias y de los gastos.

Ese día pasó algo asombroso: cuando mamá terminó de juntar la última chaucha para semilla, se largó la lluvia. Alcanzaron a refugiarse en el invernáculo, donde Alicia, después de la muerte de su esposo, Miguel Mari, cultivaba flores. Antes don Miguel, cultivaba helechos plumosos para vender en el mercado de flores.


Y allí, desde ese lugar vidriado, Alicia y mis padres, miraban asombrados “la tormenta que se había largado”.
- Tenías razón, Carlitos- dijo Alicia que en un primer momento no había creído en la palabra de él.
-Y… son años- fueron las palabras de mi padre.

Hoy día el hombre de campo encuentra en Internet, los noticieros, tanto de la radio como de la televisión, el pronóstico del tiempo minuto a minuto. Pero a pesar de la nueva tecnología y adelantos de la ciencia, no dudo en que siguen mirando el cielo…

Mónica Liliana Pastorini
mlpastorini@yahoo.com.ar

sábado, 27 de febrero de 2010

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La cancha del Parque Cisneros hace 40 años

La cancha del Parque Cisneros se encontraba el predio formado por las calles Rioja, Soldado de Malvinas y Los Jazmines, que en ese momento no existían físicamente y sí en los catastros. Para nosotros esta cancha era el lugar de encuentro obligado durante las vacaciones, los fines de semana o después del cole (escuela Nº12). Eso si los sábados a la tarde jugaban primero los "grandes" hoy diría que eran pibes de 20 años. Después jugábamos nosotros, los chicos.

Eran partidos interminables, pura diversión entre amigos. Mucho césped la cancha no tenia solo los laterales y una de las áreas. Para cuidarlo, mi papa, Rodolfo Lupi y mi abuelo, José Felix Lupi traían la maquina de la Unión Vecinal Parque Cisneros y ahí nos poníamos a trabajar todos.

Otra cosa que recuerdo eran los pinos que había a los costados de la cancha, esos pinos eran otro lugar de juego o simplemente subíamos a uno de ellos y desde ahí podíamos ver la hora que indicaba el reloj del cartel que tenia la fabrica BGH (Hipólito Yrigoyen casi Panamericana), que buena vista que teníamos ¡¡¡¡¡ Que linda etapa de la vida!!!!!!

Fabián Roberto Lupi
(originalmente publicado en www.ciudadvilladelina.com.ar - 21-2-10)